Vuela Campanita, vuela tan alto como puedas. Agita esas alas y no permitas que nadie te niegue el derecho a ser libre. Vuela mi campanita, vuela por los dos… Michael Jackson

domingo, 28 de agosto de 2011

My Dreamer King

Alejado de ti.


La luz de la mañana comenzaba a filtrarse por las cortinas semitransparentes de la habitación. Los reflejos en mi rostro ascendían poco a poco hasta llegar a mis ojos. Sí, era ya la mañana de un típico viernes, otro fin de semana en esta tortuosa realidad. Hace mucho que me había dado cuenta que ya el sol había salido, pero me negaba a asumir la verdad, deseaba estar encerrado en ese mundo onírico, en el cual yo era el único dueño y titiritero del transcurrir del destino. Eso creo. La brisa de una fresca mañana rozaba mis mejillas, podía sentir absolutamente todo a mí alrededor, aun estando con los ojos cerrados.
El olor a mar, a sal y arena tostada, llegaban a mi olfato. Hacían que aterrice en mi realidad tan abruptamente que dolía. Podía sentir claramente los latidos de mi corazón aun retumbando en mi cerebro. El efluvio de mi sangre al correr por mis venas, el sonido casi imperceptible del viento, y la inmutación de mi cuerpo. Es increíble todo lo que se puede sentir cuando despiertas, pero no mueves un pequeño centímetro de todo tu cuerpo.
Hacía días que practicaba esta nueva técnica, despertar sin despertar. Era como no existir formalmente, una pequeña ilusión que parecía real. Calculaba que sería un aproximado de las 11 de la mañana, pues el reflejo de los rayos del sol estaba aún inclinado sobre la casa, si fuere medio día, no habría sombra. A pesar de que ya casi toda la mañana estaba perdida, me negaba a salir de mi cama. El silencio alrededor del ambiente era sombrío, pero, era mejor que encontrarme con la soledad, mi vieja compañera. Pensé en mover mis dedos, pero a causa de que mi consciencia estaba alerta, y mi estado físico en absoluto silencio. Sentía como si mi cuerpo fuere una vieja máquina pesada, al cual le falta aceite o calibración.
Aún con los ojos cerrados, sentía claramente el sonido doloroso de cada hueso que se movía. Era como el crujir de una vieja máquina de hacer vino de la era de los virreyes, colonial.  Allá en el siglo XVIII. El sonido era tan claro que incluso los oídos dolían. No terminaba de mover un músculo y todo mi organismo se puso alerta, mi punto era: ¿Podía ganarle a la naturaleza, y moverme sin que se entere? Comprobaba que no, era absolutamente imposible. Tenía mucho tiempo, suena absurdo, pero debía gastarlo en algo. Ocupar mi cerebro en alguna acción, cualquier pensamiento o cosa que distraiga a mi tan traicionera sesera. ¡No! Trato de olvidarlo, pero resulta imposible.
Al menos ahora no tenía a ninguna Elainne que me dijese: “Es hora de despertar, Michael.”Aparentemente tenía todo el tiempo del mundo para dormir a mi antojo, y a mis anchas. ¡Qué ironía! Ahora no puedo hacer eso, fuerzo a mi cuerpo a dormir, y las pastillas ayudan y mucho. Sé qué no debo hacerlo, soy consciente de ello, pero, ¿Qué hago? No puedo dormir, el sueño es algo lejano para mí. Duermo, mas no sueño, es por eso que controlo los mismos, no sueño nada, pero tampoco quiero hacerlo. Además, ¿a quién le importa? Podría apostar que si muriese aquí, nadie se enteraría, o fácilmente suplantarían mi lugar. La idea de la muerte no es algo que me agrade, me gustaría vivir para siempre, pero no en esta realidad, podría reencarnar en alguien más. Me gusta mi vida como “Michael Jackson” pero, no me gusta el contexto en el que estoy. Aun así, hoy la idea de la muerte se me hizo algo familiar, y quizá la abrazaría con gusto.
“¡No digas eso!” – Replicaron de pronto. ¿Quién era? Estaba a plena luz del día en medio de la playa, solo aparentemente…
Ah claro, ¡Campanita! Debía suponerlo. ¿Qué quería ahora esa pequeña entrometida? Suele escuchar mis pensamientos sin mi permiso, e incluso se da el lujo de inmiscuir sus pequeños comentarios criticones en él. Odiaba eso, no tenía privacidad. Aunque no podía negar que otra parte de mi espíritu lo agradecía infinitamente. Por fin algo familiar. No, no estaba loco. ¿O sí? Lo ignoro, lo que sé es que, luego de 20 días aquí aprendí a traer a campanita con solo el tronar de mis dedos, amaba el buen ritmo. Es una pequeña bailarina, debo decir. Aunque baila gracioso, con esos destellos y las luces, además de ese pequeño vestidito. ¡Qué graciosa!
-          ¿Por qué? – Le dije, rompiendo la mutación en mi cuerpo. Pero nadie me contestó.
De suponerse, se fue. Pensé en levantarme de la cama, e ir a coger un vaso de jugo o cualquier cosa que aligere mi garganta, la traía hecha un desierto de lo seca que estaba.
Me acosté a un aproximado de las 3 de la mañana, y he despertado a estas horas. ¡Benditas pastillas! Mi perfecta maldición. Mi remedio contra la soledad, hacía que me desconecte de la realidad, haciéndome parte de la nada absoluta. Se me hacía un vicio.
Abrí los ojos, y tarde un par de segundos en entornarlos bien, pues a causa de mantenerlos cerrados aun cuando ya estaba despierto, todo lo divisaba negruzco y confuso. Otra vez en la misma posición fetal. No entendía bien como era que lo hacía, me acostaba perfectamente bien, pero siempre amanecía en la misma posición. Todo estaba limpio, asumí de inmediato que la Sra. Sueh había hecho la limpieza correspondiente. ¡Rayos! Nuevamente me encontró durmiendo ¡Qué vergüenza!
Aspire profundo, y sentí como el aire llenaba mis pulmones, los inflaba como un par de globos. Sentía como la sangre en mis torrentes corrían a toda marcha. Y mi corazón volvía a latir. Era como salir del agua, luego de haber estado mucho tiempo sumergido en ella. Las palmas de mis manos comenzaban a tomar calentura, e incluso algunas venas comenzaban a sobresalir en mi piel.
Las marañas de mi cabello estaban por toda mi cara, pero me importaba medio pepino, cogería alguna liga, pita o lo que encontrase para sujetar mi ahora maltratado cabello. Empine medio cuerpo arriba, quedando sentado con desgano sobre la cama, medite durante un momento la idea de salir de allí, resultaría lo mismo estar ahí que afuera, nada cambiaría. El aire salado sería el mismo, el sol estaría allí, y mi profunda pena y dolor igual.
El contacto frío que tuve al poner los pies sobre el piso, me estremeció un poco, casi nada en comparación a la frialdad que sentía mi alma, un hueco, un sabor a nada. Fijé la mirada en un rincón de la habitación, esperando hacer mi respiración más lenta, y llegar a creerme que iba disipándome, confundiéndome con el aire. Aunque sabía que era inútil, lo hice. Deslice mis manos sobre la cama, esperando ubicar esa suavidad que ansiaba, un poco de algo agradable no sería malo.
-          Oh Dios… - Mascullé, mientras cerraba los ojos, y fruncía el ceño.
Me asaltó la idea de que debía ir a ver el calendario, del que cobardemente había huido en los últimos días. Esperando cambiar la realidad, aquella que me gritaba que una vez más estaba alejado de ella, que no estaba más. Que todo es cierto, tan real como que el sol jamás saldrá de noche. Era tortuoso, y agobiante. ¿Qué podía hacer? Intentaba refugiarme en la estúpida idea de que el destino nos separó, pero no es cierto, yo colaboré en ello. Y me duele aceptarlo.
La brisa rodeándome el rostro, hizo que saliera de mis pensamientos, por una parte fue oportuno, pues si seguía en aquel escudriño terminaría por matarme. Abrí y entorne los ojos, torcí un poco el gesto, al observar la silueta de la puerta blanca, semiabierta, con un atado de hilos de rayos solares, atravesando con dificultad el pequeño espacio entre la habitación y el espacio compartido afuera. Rayos de sol, rayos de sol… Rayos tan brillantes, como el oro, como la mismísima luz fluorescente. O como aquel sol que irradiaba aquella vez que la vi, agitando ese cabello, tan dulce, tan linda, una niña de seis años solamente, al chispazo se me vienen las imágenes de un pequeño Michael alelado, mirándola sin cesar. No, no, no…
Sacudí la cabeza, tratando de pensar y ocupar a mi cerebro en otra cosa, que no fuera, que no fuera….no fuera… ¡Oh Dios! Podré engañarme a mí y a mi organismo, pero a ti jamás podré hacerlo. La amo, la extraño, y cálculo que probablemente en unos días caeré sobre la arena tostada, fina y morena, caeré para siempre y sin retorno, me aterra y me atrae, y quizá tal vez lo ansío.
Un aire cálido y tropical me envolvió la parte superior del cuerpo. La parte que llevaba desnuda. Sentí como un abrazo, un tierno abrazo, mi mente de inmediato se fue a la imagen de Elainne, ¿qué estaría haciendo a estas horas? ¿Me extrañará? Supongo que sí. Mi pequeña Campanita…
Sabía que tenía que levantarme para prepararme algo de “desayunar” aunque a estas horas sería algo como un almuerzo. Más que eso, en realidad, el hambre no era uno de mis problemas, sino comer, ese si sería un problema, no tenía apetito, y no sabía para quien cocinaría. No solía comer mucho, básicamente me conformaría con un trozo de pan y un vaso de leche. Aun así, podía imaginar los gritos de Andrew, Elainne, e incluso Camille: ¡Michael,  debes comer más!
Andrew, Camille… ¿qué sería de ellos? No los he visto desde que me dieron el alta en el hospital, y luego… ¡Oh rayos! Todo está enlazado con ella, trato de no recordar, pero cada cosa me lleva a ella. ¡¿Qué haré?!
-          Dame chance… - susurré.
Con desgano, y contra mi voluntad absoluta, concentré todas mis fuerzas y mis ideas, en que “tenía hambre” y que debía ir a la cocina. Sentí absolutamente todo el cuerpo, cada centímetro, cada impulso, cada corriente, tan pesado que ni yo me lo podía creer. Apoyando mis dedos, en las barandas de la cama avancé con dificultad unos cuantos pasos. Recuerdo que antes solía cantar a medida que daba cada pisada, antes de llegar a este lugar. Ahora no me apetecía ni un poquito. Aspire profundo, sacudí un poco la cabeza, y avancé otro poco.
“Esto es tan confuso…” me dije, al momento de llegar a la cocina. Me sentía como un niño perdido, en toda la extensión de la palabra, estaba perdido. Desde que había llegado no había entrado a la cocina de este lugar. Me alimentaba a base de un poco de pan y una taza de leche fría, eso si es que me acordaba que debía comer. Usualmente me la pasaba caminando por ahí sin rumbo, esperando que la luna contestase alguna de mis suplicas, o que el mar me hable por una vez en toda mi vida.
Parecía un bobo parado allí sujeto al marco de la puerta, como un niño en su primer día de clases, abrumado, asustado y confundido, haciéndose la típica pregunta: ¿Cómo llegué a aquí? Lo cierto era, que ahora no tenía ninguna Elainne que supiera la rutina de comida que manejaba, debía aprender a cocinar, o como le llamen a ese arte extraño que hacía mi madre y Elainne.
Me acomodé al lado del refrigerador, ilusamente esperaba que allí dentro hubieren cosas que simplemente echándose a una cacerola se hicieran comida. Como aquellas que preparaba mamá. El frío que exhalaba la máquina, refrescó todo mi cuerpo y rostro. Me estremecí, y de inmediato sentí un placer profundo.
¡Grande fue mi sorpresa! Al descubrir que allí no estaban todas las cosas listas para ingresar a un recipiente y ponerlo al fuego. No. Todo lo contrario, encontré muchas cosas enlatadas, y otras envueltas en plástico con tan delicadeza, que parecía hecho por un artista. Había oído que el comer era un arte, pero nunca tan perfeccionista, debía investigar más sobre ello. Me llevé un dedo a la barbilla, la cual necesitaba un rasurador con urgencia. Gracias al cielo, hice esa acción, en todo caso, jamás me hubiere percatado. Deje el tema para luego, lo escribí en un trozo de papel, que coloqué sobre algún mueble, me di cuenta que había tapizado todos los muebles, con miles de notitas. Anoté otra, apuntando que debía revisar esas. A diferencia de las demás a esta la coloqué en mi bolsillo derecho. Para no olvidarla.
Regrese a la cocina, torcí el gesto desentendiendo todo. Analicé la idea de que podría quedarme sin comer, ya lo había hecho los días anteriores. ¿Qué diferencia habría con este? La cocina era un enigma para mí. Aun hoy a mis 35 años, desentendía como es que mi madre hacía toda esa magia con unas cuantas patatas, un trozo de carne, y un poco de verduras, algo de fuego, y ¡Wuala! Once platos servidos en la mesa. Era totalmente increíble, pero bueno, en aquel entonces no me detenía tanto a pensar en los medios para conseguir tan suculento alimento, en tanto tendría la “barriguita” llena, no habría problema alguno. Ahora pienso, que debía investigar más.
Intenté coger una patata, y un cuchillo. Y digo “intenté” porque enserio lo hice, lleve ambas cosas sobre la mesa, las coloque a cierta distancia. Cuide que todo se vea encajado y en posición. Camine de un lado a otro, meditando, pensando, maquinando alguna idea que me permitiera transformar esa patata en algo útil. La veía ahí, tan frágil, descuidada. Como, como… ¿yo? Si, exactamente como yo.
No me explicaba cómo era que terminaba aquel tubérculo como las patatas fritas que me comía en Neverland, era increíble. Una ciencia que aún no me atrevía a descifrar. Parecía mágico. Examiné cada centímetro de ambos objetos. Me acerqué a verlos desde una vista más privilegiada, y aún no entendía que debía hacer. No me gustaban los objetos filudos, y ese hacia mucho daño. Observé a la patata detenidamente, la observé por un espacio de 5 minutos, y al fin de eso, al verla tan desprotegida, me decidí a que no podía hacerle daño. No, aquel cuchillo deseaba penetrar dentro de la pobre e indefensa patata, lo deseaba y quería lograr su cometido gracias a mi ayuda. No, no podía permitir aquello.
¡Al demonio! No podía hacer tal cosa, no iba a permitir que aquella patata resulté “herida” si es que le cabe el concepto. Cogí aquel objeto y lo llevé tan rápido como pude hacia el cajón en el que lo guarde con cautela, no saldría de allí jamás. Corría por mi cuenta aquello. Sí, ahora la patata estaba bien y a salvo, gracias a mí debía agregar. Al cuerno con el hambre, prefería quedarme en ayunas.
Oí un sonido fuera de la casa, y me dirigí a ver que era. Divisé que solo era el viento golpeando la puerta blanca. Recordé que había dejado a la patata sola allí sobre la mesa, que estupidez la mía, el corazón me latía tan fuerte que parecía que era una persona en peligro. Aligeré mis pies a fin de avanzar más rápido…
El sonido del romper de las olas contra el pequeño morro, y sobre la arena, hizo que saliera de mi ficción. ¿Qué rayos hacía? ¿Estaba preocupado por una patata? ¿Qué me ocurría? ¿Iba a defender a una patata de un cuchillo, dos objetos perfectamente inanimados? ¿Estaba volviéndome loco?
De pronto allí parado, suspendido en la nada del aire y los pensamientos abrumadores, me recargué sobre la pared de madera, cerré los ojos, y sin que me diera cuenta comencé a deslizarme poco a poco hasta llegar al piso, entonces comencé a cuestionarme y a contestarme: ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué razón había en todo esto? Jamás me había comportado de aquella manera en toda mi vida, era extraño, incluso viniendo de mí. Era quizá mi forma de encontrar alguna respuesta desesperada e improvisada de que no estaba solo. Era una necesidad de saber que alguien más dependía de mí. La urgencia de sentir que era útil. La sensación de que había alguien más a mí alrededor. El placer de tener alguna gloria, una ganancia. Cuando en realidad no tenía absolutamente nada. Estaba solo, debía afrontarlo. ¿Pero, como hacerlo? Cuándo todo me recuerda a “ella”. A mi estúpida cobardía en retenerla, a mi maldita indecisión. Sí, toda la culpa se resumía en mí, a mi patética escena de depresión, a la profundidad de este hoyo negruzco, vacío y gutural.
Traía los pies desnudos, al igual que el torso. El día relucía con un aspecto tropical, pero en mí no había diferencia a un típico día grisáceo y nublado, con lluvia y pesado. Cerré los ojos, intentaba esconderme a la realidad, desaparecer como “el hombre invisible”. Pero era imposible, ¿de quién me quería esconder? Me hallaba solo en aquella playa. Debía aprender a ser más fuerte, era por eso que vine. Pude evocar claramente las riñas de mi padre: “¡Debes aprender a ser más fuerte, Michael!” Aquella frase retumbaba en mi mente como un eco. Era traumático, intenso y persistente.
Fue aquella vez en la que me lo dijo. Sí, lo recordaba a la perfección aunque gritaría que no recordaba nada. Las piernas me temblaban, y la voz se me quebrantaba. El grito estruendoso del padre de Luciana me había dejado alelado. Aun así esperaba lo peor: Mi padre. Lo hecho, un segundo luego de que el padre de Luciana se había alejado, apareció él: ¡Michael!, me gritó. Me estremecí, y me entumecí, sentí incluso que la presión se me había bajado, incluso hoy siento lo mismo, es extraño pero es cierto. Apretaba con tanta fuerza las pequeñas zapatillas que parecía que las iba a unir a mi cuerpo. Lo cierto era que el miedo sucumbía por mis venas, hirviendo y golpeando cada centímetro de mí.
Cuando llegamos a casa, él me arrancho el objeto de mi pecho, yo con mucho miedo, las solté temblando, y titubeando. “¡A la casa!”, exclamó. A lo que acaté como un cadete. Observé por la ventana a escondidas, pues muy a saber de qué me reñiría, en lugar de esconderme bajo la cama quise saber que haría con el pobre objeto. Las observó de reojo un par de veces, en seguida las tiró al tacho de basura. Me dolió, tuve que pasar por mucho para conseguirlas, pero además de ello, la intención era que llegase a la pequeña niña, y no a un sucio sesto de basura. Pero, ¿qué objeción podría imponer un simple mortal contra el gran Joe? Ninguna. En seguida ingresó a la casa, esperaba lo peor. De inmediato recordé todas sus frases: “No deben perder el tiempo” “Deben ensayar más” “No quiero verlos conversando con NADIE, para eso tienen hermanos…”  Y cosas como esas, era de temer en toda la expresión de la palabra. El recordar cada frase, hizo que mi mente se atascara y no pudiera procesar información, maquinar alguna idea para decirle, excusarme de alguna forma. No. En lugar a ello, mi lengua se estancaba, y la boca se me pegaba. Miles de ideas transcurrían de un rincón a otro rincón, como fuegos artificiales, todas naciendo y explotando cuando menos me lo esperaba.
La puerta sonó sordo y seco. Un solo trueno de que la sesión había iniciado, la tensión crecía, y la espalda quemaba. Me paré ahí juntando las manos a ambos lados de mi cuerpo, tragué saliva y espere. “¿Qué tienes que decirme?”, preguntó con esa rudeza caracterizada. Tenía alguna excusa torpe ensayada, pero la mente se me puso en blanco, atiné a titubear y sudar como un infante que aprende a hablar. “Ya, ya…deja de titubear, habla firme.” – Siseó – “Deja de titubear, madura. ¡Debes aprender a ser más fuerte, Michael!”…
Jamás olvidaría aquella frase, fue algo que marcó mi vida para siempre. Recuerdo también que aquella vez, las lágrimas se me escapaban y resbalaban por mi rostro inevitablemente. Él al instante, me reñía por ello.
No suelo llorar. Nunca lo hice. Recuerdo difusamente cuando es que decidí no hacerlo jamás. Nunca más….
Era la mañana de un martes, toda la familia se reunía para tomar un grupal desayuno. Tan solo la noche anterior había obtenido un triunfo, había ganado en el concurso escolar de talentos artísticos. Cante como un pajarillo en plena primavera, cerré los ojos, vencí los nervios, y lo hice como si fuere la última vez que lo haría. Estaba extasiado de felicidad, ah podía recordarlo a la perfección. Me recorre una corriente de electricidad en todo el cuerpo nada más al recordar la felicidad que sentí en aquel momento. Debo reconocer que este recuerdo, esta sensación me ayuda y mucho en estos momentos. Cuando era niño no podía tener amigos, era algo totalmente prohibido para mí. Peor aún, no podía salir a ningún lado que no fuere a hacer deberes en el jardín de la casa. Escasamente tendría recuerdos felices. De noche, solía escabullirme por el corto pasillo, hasta la cocina, tenía un amigo, mi padre no estaba enterado. Se llamaba: Ben. Era pequeño, escurridizo y chillón, siseaba y era muy ágil para meterse bajo la cocina, era muy astuto para esconderse sin problema. Y lo mejor: Siempre estaba allí para mí, me escuchaba sin reclamar o aburrirse. Sin duda mi mejor amigo. Era un ratón.
Aquella noche fue especial, obtuve el primer lugar y moría por compartirlo con él. En absoluto, lo hice, estaba tan feliz que no medí mis chillidos. Mientras le contaba todo lo sucedido, se escuchó un sonido del cuarto de mis padres, al instante me alarmé, apagué la linterna y corrí tan rápido como pude hacia mi habitación. Una de las reglas de Joe era: Nadie debía pararse a caminar de noche. Supuse que no me había visto, y me envolví entre mis sábanas tanto como pude.
Al día siguiente, encontré la trampa de una ratonera puesta en el pasillo. Me alarmé de inmediato, y me apresuré a preguntar a mamá: “¿Qué significa esto?” A lo que ella me contestó: “Michael…” Y de inmediato interrumpió papá: “¿Qué sucede?” siempre con esa voz seca y fría, tajante y señorial.
Aun así, me armé de mucho valor y me atreví a preguntar: “¿Qué significa esto?”, Le dije con voz firme, aunque aún hoy no me lo explico, estaba más desesperado que cualquier otra cosa. Pero, agradezco al cielo que haya sido así. Joe se impresionó tanto, que retrocedió un paso. “Es una ratonera” Contestó al fin. Volví a preguntar y contestó: “Michael, había un ratón y lo exterminé, no tengo el dinero para alimentar una boca más, esos bichos son una plaga”Acto seguido se fue a tomar un vaso de jugo. Estaba en un profundo shock, lo que él había querido decir era que había asesinado a mi pequeño amigo. No. No podía soportarlo, incluso hoy se me hace muy difícil.
Con todas las fuerzas que tuve y con los ojos cristalizados corrí a toda marcha, y sin detenerme a pensarlo empujé a Joe tanto como pude. Al agarrarlo desprevenido, lo arrojé hasta el extremo más cercano al ángulo de la puerta. Lo miré con mucha ira, estaba lleno de coraje e indignación. Lo único que quería era un poco de desfogue. Estaba cansado de todo ese abuso, no tenía amigos, y él había asesinado con descaro a mi único compañero, era injusto en su totalidad. Cuándo al fin reaccione, esperé lo peor de, era seguro, me agarraría a golpes como era costumbre. No podía contener las lágrimas, era inevitable, tenía pena y rencor, una mezcla entre odio y resentimiento; Joe había asesinado sin ningún tipo de piedad a mi amigo. Él se paró, y con la cara torcida, enjugando una facción de pocos amigos, más parecida a la de un monstruo, se acomodó frente a mí poniendo ambas manos a los lados laterales de su ancha cintura. A medida que se acercaba, y la sombra gigante de su silueta me comía, yo me iba achicando al lado. Me iba sintiendo menos fuerte y más vulnerable.
Comencé a temblar del miedo, las rodillas se me hacían tan pesadas que no podía moverlas de su lugar, era como si les hubiesen echado cemento. Era inevitable, e incluso la respiración se me hacía dificultosa. Comencé a jadear, y a lloriquear como un bebé. Cuando ya casi iba a atestarme un golpe en la cara, salió mi madre a defenderme, si, lo recuerdo perfectamente; ella se interpuso cubriéndome con su delgado cuerpo. “¡Deja de lloriquear!”, me gritó. Pero mis lágrimas bajaban con aún más intensidad que antes. Estaba asustado naturalmente, “¡Deja de llorar, o te irá peor…!” Me dijo nuevamente, esta vez soltando el cinturón de su pantalón. Juro que traté con todas las fuerzas de mi alma intentar callarme, y obligar a mi organismo que deje de expulsar tantas lágrimas. Pero me fue imposible, fue recién cuando se acercó a darme un golpe, y mamá salió perjudicada, pues la empujó al piso. Aquello me enervó, deseaba ponerme a su altura y golpearlo, tanto como él lo hacía con nosotros. Pero, no podía.
Echaba chispas, y la ira se reflejaba en sus ojos, lo notaba claramente. Tragué saliva abruptamente y tempestivamente dejé de llorar, la garganta me dolía, pero me aguante el dolor. Secándome las lágrimas fue que me armé de valor de mirarlo a los ojos. “¡Joe!”, le dije con mucha fuerza. Hice que voltease a verme, me observó desafiante unos minutos. Yo, hice lo mismo. Hasta que al final parece que uno de los dos cedió. Yo seguía observándolo fijamente, estaba cansado de todos sus abusos. Entonces, el optó por la fuerza bruta, y trató de cogerme del cuello, o alcanzarme con la correa, astutamente me escabullí. Pero como el lógico, mi madre intentó defenderme. “Kate, no te entrometas, esto es entre Michael y yo”, sentenció, acudiendo en mi búsqueda. No sabía dónde meterme, todo era tan pequeño, tan cerrado. Así que me metí debajo de la cama por impulso, me arrimé a lo más oscuro del lugar, introduciendo mi cuerpo hasta el rincón de la cama. Él apareció allí dispuesto a ejercer poder sobre mí. Aterrado comencé a pedir a Dios, porque me ayude. Intentó alcanzarme con sus grandes manos, pero no lo hizo. De inmediato mi madre se acercó hecha un mar de lágrimas, exclamando piedad y condescendencia. Nada de eso ocurrió. Afuera oía los gritos de Joe, mi madre y mis lloriqueos. Pero de pronto, faltó una, mi madre no gritaba ni sollozaba más. ¿Qué había ocurrido? A causa de que Joe iba forcejeando conmigo, mi madre irrumpió, tratando de llevarlo a otro lado, pero sus esfuerzos eran inútiles.
Él le atesto tremenda bofetada, gracias a la desesperación que emanaba en ese momento. Estaba hecho una furia, emanaba fuego de los ojos, y la piel no era más de un tono canela oscuro, era roja, roja como la salsa de tomate. Me asomé ligeramente a ver qué había sucedido, y presenciar todo lo ya contado. Ala ver a mi madre allí tendida sobre el suelo inconsciente, me asusté mucho, puse los ojos de plato, y sentía que las fuerzas me faltaban. Joe me cogió por sorpresa del cuello, y me alzó como a un cachorro, pero con brusquedad.
“No me mates”, le dije aterrado, temblando, y llorando peor que una Magdalena. Cerré los ojos porque estaba asustado, pero al ver que no me hacía nada los abrí aun con mucho temor. Allí estaba mirándome, clavándome los ojos, como un toro en furia. “¡¿Qué?!”, exclamó. “Mataste a mi mamá”, susurré débilmente. Él miró a un lado de mi cuerpo, y observó con detención el cuerpo yerto de mi madre, me soltó con brusquedad, y comenzó a sacudirla para que despierte, aun así todo era inútil. Las lágrimas resbalaron cada vez más de mis mejillas, todo era confuso.
“¡Deja de llorar!”, gritó Joe, dirigiéndose a mí. Pero no podía, no podía parar de hacerlo. De un momento a otro, me cogió del brazo, y me gritó con la voz más aterradora que tenía: “¡Deja de Llorar!, o tu madre no despertará”aquello me dejó alelado, atontado, en shock. No lo pensé dos veces, solo tenía el resonar de esas palabras. De inmediato deje de llorar, tragué saliva, dañándome la garganta, empuñe la mano, y rogué a Dios que funcionara, que Joe tuviese razón, que si dejaba de llorar, pues mi madre despertaría. Dos minutos luego de que cesé de llorar contra mi voluntad, mi madre comenzó a dar atisbo de que despertaba, nos observó a ambos. Y mi padre comenzó a pedir perdón, a suplicarle que lo perdone. La tomó en brazos y la llevó a su habitación, quedando ahí solo con mis pensamientos, no me importaba lo que me sucediera, me importaba mi madre. Que gracias a DIOS, estaba viva.
Fue así, que a partir de ese momento, de aquel día que marcó mi vida para siempre. Decidí dejar de llorar, jamás lo volvería a hacer. Es cierto que algunas veces me ha derrumbado el hecho de los problemas que existen en mi vida. La violencia, la acusación sin nombre sobre amigos falsos… Últimamente, las ganas de llorar me han regresado. No quiero hacerlo, pero no puedo más. Esto me consume, y siento que necesito hacerlo.
Absolutamente todo me recuerda a ella. ¡Demonios! Este aislamiento no sirvió de nada. Pues a cada momento del día la recuerdo con cuanta fuerza tenga albergada. La brisa del aire ha cesado, lo que me comunica que ya la mañana se ha terminado. Ha terminado, al igual que he terminado yo, me siento sin fuerzas, sin ánimos. Todo por mi estupidez. Todo ha concluido.
No tengo hambre, pero si tengo sed. Una sed de ser feliz, de volver a experimentar aquel amor que me fue arrebatado. Exhalar armonía. Esta casa se volvía tan pequeña, parecía que me iba a comer, o me iban a enterrar en ella. Decidí salir de allí, no podía tolerarlo más. No podía resistir más.
Me aventuré a coger una camiseta, una al azahar que encontré por ahí. Azul, fresco y ligero. Escapé, si esa es la palabra, escapé de la casa. Descendí unos pocos metros a orillas de la playa, y comencé a caminar sin rumbo, no tenía idea de a dónde iría, pero si la certeza de perderme entre la nada. El sol reinaba en el cielo, arriba, clavado en el centro de mi existencia. No había sombra, todo era llano y quebrado a la vez. La arena quemaba, y exhalaba un olor exquisito a tostado. Comenzaba a notar como mi piel tomaba un color camarón, y como el ardor comenzaba a sucumbir entre mis venas. Sabía perfectamente que el caminar bajo el sol haría que me salieran ronchas en la piel, pero aun así lo hice. Quizá por la razón de ocupar mi cerebro en algo más que no sea: Luciana. Tal vez, si mi cabeza estaba centrada en el dolor que me provocaría el caminar en medio de la playa, mi gran problema se desvanecería. Luciana era mi problema y mi gloria, mi festejo y mi tristeza, mi dolor y mi alegría, mi duda y mi certeza, mi agonía y mi vida.
El ardor se hacía cada vez más intenso que antes, era como si me echasen lejía o peor aún, ácido en carne viva, como si me desgarrasen la piel estando yo aún consciente. Por más que me obligaba a estar bajo el radiante sol, no pude. Las piernas me temblaban por echar a correr hacia la sombra, por ocultarme del astro rey. Lo hice, mi mente decía que me quede, que lo merecía, pero mi organismo hacía todo lo contrario obligándome a ir tras las sombras. Cuando llegué ahí, estaba débil, cada centímetro de mi cuerpo me ardía y dolía. Sentía que la cabeza me iba a estallar, estaba hinchado y rojo como un cangrejo. No sé qué más pasó, pues estaba tan agobiado por el dolor, que solo recuerdo que avancé hasta la sala, y luego se volvió todo negruzco y difuso, el cuerpo se me hacía más ligero, y un sonido sordo se oyó a lo lejos…
Desperté gracias a que algo me cosquilleaba la nariz, entorné los ojos, y llevándome la mano al rostro, fue que descubrí que era un trozo de papel, de aquellos que estaban regados por toda la casa, lo miré y tenía un bonito color, azul esmeralda.  Este decía: Debes comer. Irónico, pues hacía días que no había probado bocado alguno que no haya sido pan, leche o agua. Me llevé una mano hacía el estómago y encontré que lo tenía plano y vacío. Le tenía un pánico único al espejo, no me gustaba verme allí, pues sabía a conciencia de que me quedaría observando cada centímetro de mi cara, y criticando cada cosa que encuentre desagradable.
Ordené mi cabello un poco, y me levanté a ir en busca de algo de pan o leche. Había escrito esas notas precisamente para acatarlas y si era preciso contra mi voluntad, pues las había escrito en mi momento de “lucidez” absoluta. Un momento antes de abrir la alacena, recordé que momentos antes había revisado y comprobado que no tenía una miga. No sabía qué hacer, a estas alturas había perdido bastante peso, gracias al pan y sobre todo a la leche. De ser por mí me daría al abandono, dejaría de comer, no me importaba. Pero era totalmente injusto para mis fans, aquellas personas especiales, o mis “amigos invisibles” como les llamaba cariñosamente. Sabía perfectamente que ellos querían lo mejor para mí, que cada día ellos exhalaban una plegaria a mi nombre, y en realidad se los agradecía mucho, con cada aliento que daba. No tenía manera de agradecerlo, ellos eran sencillamente mágicos, y no era justo que yo se los pague de esta manera.
Camine algo extrañado, y apoyándome ligeramente en las paredes, pues mi cabeza retumbaba como si hubiere escuchado mucha música, mucha bulla. Todo me daba vueltas. Sabía que había anotado en algún papel que hacer cuando estuviera en esta situación. No sabía que había apuntado, pero podía apostar a que sería algo realmente astuto. Comencé a buscar en cada rincón de la casa. Terminé por desordenar lo poco que estaba ordenado, y no había hallado nada, estaba absorto, ¿Cómo podía ser?
-          ¡Bah! Si es el destino… - No terminaba de exhalar la frase completa, y una pequeña ventisca ingresó a la sala.
Todos los pequeños papelitos dieron tremendo revuelco girando en el aire, chocando unas con otras. Una de ellas llegó hasta mi rostro, quedando plegada allí. Esta decía: “A estas alturas de seguro me andabas buscando, sí, no hay comida. Por lo tanto, debes ir en busca de más comida. Suerte.”Hace unos momentos me había dicho: “¿astuto?” En serio, que a veces me sorprendía a mí mismo. Me había pasado toda la tarde buscando el dichoso papelito. Pensando en que, tal vez había alguna reserva de la que no recordaba, y que estaría allí anotado, no, todo lo contrario; me mandaba a buscar más comida, que convencional. Y encima me deseaba suerte a mí mismo, esto parecía algún tipo de juego de ‘Mario Bross’ en la que pasaba al siguiente mundo. ¡Qué paradoja! Seguía parado en el mismo mundo. La misma realidad.
Observé el cielo y todo estaba oscuro. Ya la tarde envolvía la playa, era imposible que salga a comprar algo a esas horas. No, debía quedarme y esperar a la mañana siguiente, era en esos momentos que extrañaba a Campanita, a Elainne. Ella siempre me tenía cualquier tipo de comida lista y preparada para mí. No tenía que preocuparme por alimentarme o no. No solía comer mucho, pero las veces que lo hacía, lo hacía bien.
Regresé al sofá, pues comenzaba a aterrarme la idea de ingresar a mi cama, el hecho de amanecer en la misma posición fetal, era ya de miedo. Pensé en buscar mis pastillas para poder dormir, pero todo en la casa estaba oscuro, y sobre todo mi habitación. Me asustaba la oscuridad. Solía dormir a horas de la tarde, poco más temprano de lo que pensaba hacerlo hoy. No había remedio, debía obligarme a dormir, y a pensar en cualquier otra cosa que no sea Luciana. Se me pasó por la cabeza encender la chimenea, pero no había maderos de leña. La frialdad de la noche me acogía, y todo alrededor era sombrío. Traté de arroparme con una manta, pero el roce de esta con mi piel era doloroso, las llagas aun persistían. Esta noche debía dormir sin protección alguna.
Supongo que el tiritar de mi cuerpo, hizo que perdiera la noción del tiempo y cayera encerrado en el agujero del sueño profundo. Era como si hubiese tomado alguna pastilla, pero no lo había hecho, estaba cansado por haber rebuscado toda la tarde, y el agotamiento hizo que me desvanezca, no sé si dormido o desmayado, pero agradezco que haya sido así.
Como de costumbre desperté tarde, casi a medio día. En un solo chispazo ordené a mi cerebro ocuparme de cualquier cosa antes de que esta evoque la realidad tortuosa. Debía ir en busca de comida, esa era mi primera tarea. Busqué dinero en uno de los cajones, para eso, previamente cuando llegué al lugar había guardado dinero en todos los recovecos de la casa, pues no soy de los tipos que trae una billetera, o guarda el dinero en un lugar en específico. Me coloqué un par de zapatos livianos, con medias previas eso sí. Salí con una sola idea: comida. Aunque ni yo mismo sabía que iba a comprar, pues no sabía que iba a comer. Lo único que se me ocurría era: pan, y algo de leche fresca, más nada.
Observé el cielo despejado, y no me iba a atrever a salir nuevamente sin protección, por lo que cogí una sombrilla, un paraguas que me proteja del sol. Era raro, salir con paraguas bajo un pleno sol. En fin, raro o no, debía hacerlo así.  Era sábado, era agosto, pero no sabía que día exactamente, bueno ni me interesaba.
Afuera, no tenía idea de a dónde dirigirme para buscar la tienda, supermercado, o almacén más cercano. Caminé lentamente a fin de encontrar el rumbo, pero andaba más perdido que antes. Todo comenzaba a quemar, el calor era azorante. Salí hacia la vereda, a donde daba un puente de madera. Sabía que debía cruzarlo, pero no sabía a dónde más caminar desde allí. Finalmente llegué a lo que sería lo más cercano a un almacén local. Y cuando iba a declarar mi búsqueda como: Victoria. Oí que alguien gritó mi nombre: ¡Michael!, dijeron a todo pulmón. Voltee por reflejo, y noté que tres chicas, tres señoritas me seguían a paso muy ligero. Puse los ojos de plato y me cubrí la cara, a fin de desviarlas. Poco a poco comencé a oír más voces, más murmullos.
-          ¿No es Michael Jackson? – decían unos.
-          ¡Michael! – gritaban  ellas con toda la certeza posible.
Y yo solo susurraba: No, no soy. Es que había olvidado disfrazarme, debía de haber salido con otras ropas, y con otros accesorios que no sean tan obvios. Sentí y oí las pisadas más fuertes cada vez. Entonces comencé a aligerar el paso también. Hasta que comencé a trotar, y luego a correr. Cogí fuerte la sombrilla y corrí como si estuviese en una carrera de atletismo. Tenía que huir, o no tendría salida. A estos momentos ya no eran solo tres señoritas, era casi un batallón entero.
Al Diablo con la comida, decidí que no iba a comer. Seguía corriendo como alma que lleva el demonio, tenía que irme lo más lejos posible, alejarme tanto como pudiese ser del lugar. Corrí tanto que jamás me lo hubiese creído de habérmelo planteado alguna vez. Finalmente agitado, jadeando, y sudoso me hallé en medio de lugares que no había explorado. Me sentía como lo que era en realidad: un extranjero en tierras lejanas. Jamás me había encontrado solo en ningún lugar, era como decir; mi primera vez. El caribe es un lugar algo extraño a veces. Son pocas las personas las que se pueden encontrar, o al menos era eso lo que creía hasta mi visita, a un almacén.
No podía creer que había caminado tanto, para terminar corriendo a mi lugar de partida. Era increíble, pero cierto. No tenía comida, la tarde me abrazaba sin remedio, y la soledad me consumía a toda costa. Más aún mi vieja compañera de siempre: la soledad. Y alguien que comenzaba a seguirme a donde vaya: el silencio.
Es abrumante, comenzaba a hablar con nadie. O al menos eso creía…
-          ¿Por dónde estará la playa? – exhale a puro ronrroneo.
-          Justo ahí. – Escuche, pero al abrir los ojos no había nadie.
-          ¿Quién eres? – pregunte.
Pero no encontré  respuesta, solo un extraño resplandor, que quizá era porque no había probado bocado alguno en dos días, tal vez comenzaba a alucinar. Pero, halle un resplandor particular, una lucecita muy brillante, podría ser ¿Campanita? Otra vez esa pequeña entrometida, oh pero que gusto me dio. Comencé a seguirla pues su luz era muy atrayente, y entonces justo cuando ya casi la tenía entre mis manos, resbale.
Abrí los ojos de golpe, los entorne con dificultad, pues todo estaba casi a oscuras. Estaba extendido, algo chueco, e incomodo. Tenía un dolor muy agudo en el cuello, y unas punzadas en la espalda, y ahora que lo analizaba mejor a causa de que había quedado dormido en un tronco. Recuerdo que me acerque a descansar, pero no a dormir. Qué extraño. Luego de frotarme un poco el cuello, y de moverlo de un lado a otro dirigí mi mirada hacia el lugar donde se suponía debía estar Campanita. Pero no había nadie ni nada, camine un poco, preguntándome si es que algún día iba a salir de allí, o era que hasta ahí había llegado yo, “El gran Michael Jackson”. Al divisar un poco, abriendo paso entre la maleza, pude ver la playa. A ese entonces ya tenía los ojos dilatados. Una gran sonrisa se me dibujo en el rostro, no lo pensé dos veces y emprendí vuelo, corrí nuevamente pero para descender hasta la playa. – “¡Gracias Campanita!” – Grite mientras daba saltos y brincos. Pero a medida que avanzaba, pensaba en que regresaría a mis recuerdos. Oh no, Luciana estaba allí, ¿Por qué? Y entonces, la sonrisa se difumino en lo que tarde dar un salto a la arena. Avance hasta llegar a casa, ya el sol estaba casi oculto. Al ingresar, pensé en dormir un poco, en coger alguna manta, y echarme a borrar de la tierra un momento. Busque entre mis cajones, ese frasco de pastillas para dormir, estaba en algún lado, lo sabía. Pero aun no lo hallaba, no, esta vez debía dormir con algo, estaba cansado pero no lo suficiente como para tumbarme en la cama. Entonces un extraño sonido me asalto; era un ¿celular? Me aventure a buscar el origen de ese extraño sonidito, provenía de mis maletas, echando toda la ropa fuera, encontré que el sonido se hacía más intenso, y al fin lo encontré. El aparatito extraño sonaba y sonaba, era irritante. Conteste, era extraño, no recuerdo haber echado ningún celular a la hora de haber empacado.
-          ¿Hola? – dije, sin la esperanza de encontrar respuesta, haciéndome mil y un líos en saber quién era.
-          ¡Hola Mike! Soy yo…
-          ¿Andrew? – Dije intrigado.
-          Si, ya sé que pediste exclusivamente estar alejado de todo, pero, es imposible, no podría dejarte hacer eso. No, no lo hare. Nos vemos mañana.
-          ¿Mañana?
-           Si, Oh Dios, de seguro andas tomando pastillas otra vez…
-          No, yo….
-          ¿Olvidaste que mañana es tu cumpleaños?
-          No, te equivocas, mi cumpleaños es en…el caso es que aún falta mucho.
-          Es mañana, nos vemos.
Me apresure a buscar un calendario, era imposible, inaudito, mi cumpleaños era…era… ¿Mañana? No podía ser, no podía cumplir años tan infeliz, no era justo, se supone que uno cumple años felices. No de esta manera. No, debía hallar a campanita, alguien que detuviese el tiempo, lo que sea. ¡Demonios! Era mi cumpleaños, y ella no estaba…




¿Qué más que decirles? Excepto; Gracias. Muchas Gracias a cada una por su asistencia. En realidad se los agradezco con la mano en el corazón. Hoy se inicia un nuevo proyecto. My Dreamer king, o mi rey soñador, otra cosa, mañana es el cumpleaños de Michael. Una fecha realmente importante y crucial en mi vida, y en la de Uds. Esto va más allá de palabras o imágenes. Solo, que Michael nos ha unido como familia, es eso. El amor es nuestro combustible, y Michael el objeto de movilización.

Bien, solo decirles; y agradecerles de antemano sus comentarios, el capitulo salió largo, e incluso se lo comente a algunas lectoras, es que creo que es mi marca; capítulos largos. Si no tienen cuenta en blog o google, o twitter, pues los comentarios anónimos estan habilitados. Y si no es mucha molestia, agradeceré enormemente el que se detengan a hacer alguna crítica, es el inicio, y quiero saber cuál es la reacción. Muchas Gracias. Saludos. Dios las bendiga.

Un fuerte y caluroso abrazo mágicas lectoras, almas divinas.-

(Escritora y autora) - W.

7 comentarios:

Sissi Jackson dijo...

Oh Maravilloso!!! Me encantó amiga! felicidades, esperaré el proximo con ansias :)

Júlia Roig dijo...

aw!! me encanta!! :D salio un poco..bastante largo...jaja pero bueno, es precioso :3 sigue así...tengo ganas de saber como continua...y que ha pasado con Luciana..:S muchisimas gracias por estos momentos de magia! :D se te quiere mucho! :*

Elda_Grey_Jackson dijo...

wao me enkanta yo no eh leido la parte previa de esta novela pero aun asi estoy completamente enganchada amiga eres genial¡¡¡ realmente genial yo en kambio kada dia pierdo magia pero tu la ganas¡¡¡ dios eres genial eres mi mejor amiga eres LA MEJOR¡¡¡¡ tu novela ah echo que mi dia sea feliz que el cumple de MJ sea feliz¡¡¡ estoy realmente sorprendida y alegre¡ tu muy bien¡¡
xD realmente me facino por favor te pido que cada que saques un capitulo nuevo me insitas para que yo lo lea esque realmente son fantasticos dios quiero seguir y seguir leyendo esta novela¡¡¡ es realmente genial tu redaccion tus sentimientos el MJ que plasmas es realmente magico¡¡¡ muy largo si pero con las letras exactas para llevarnos a esos magicos lugares puedo decir con seguridad que TU SERAS MI NUEVA INSPIRACION para mi tu eres la no1 tu tutututututut realmente me facino no quiero dejar de leerla aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa t adoro niña estamos en contacto y genial blog muy bien diseñado¡¡¡¡

SweetAngel dijo...

Gracias por permitirme leer esta novela tan maravillosa, si la primera parte de ella fue excelente esta es extraordinariamente perfecta, me encanto cada detalle de ella, no le quito ni le agrego nada mas ya que tiene todos los ingredientes que se necesita para atrapar la imaginación de cada persona, me encanto muchísimo cada parte de ella, te felicito una ves mas por tu gran talento en la escritura y seguiré felicitándote por que se que cada ves mejoras mucho mas :).....kisses.

Johanna dijo...

Alma divina!! Que no tengo como disculparme por haber fallado en el estreno... Perdóname!!! De verdad... Te quiero mucho.. No fue por falta de voluntad.. Eso nunca... Solo estupideces de este mundo realista.. Aveces quisiera escapar e incluso perderme con una buena cantidad de tus lineas y con la compañia de michael.. Y olvidar todo.. Asi sería muy feliz.. Lo juro... Este capítulo me deja totalmente ansiosa... Estamos como antes.. Con la semejanza d que lo que escribes es maravilloso.. Pero que buen comienzo!! No podría ser mejor!! Como siempre!! Mi escritora estrella... Mi alma divina.. Siento una vez más haberte fallado.. Me resta por decirte que me encanto cada parte.. Todo.. Como lo describes con detalle.. Es simplemente maravilloso.. Y me pierdo en cada línea.. :3 te adoro alma divina!!! Que buen comienzo!!! :*

Millaray Gallardo dijo...

aii xhioo! no habia podido leer la nove! siempre tenia ganas y no podia hasta hoy que me decidi a terminarla, y esque me da por leer todo junto si no me quedo picadisima jaja! y bueno que decirte, que es maravillosa, imagino cada momento, cada vestuario, escenario, es simplemente hermosa, gracias por hacer cosas tan lindas un beso :)

Anónimo dijo...

Buen inicio de esta 2a temporada de la novela, se ve q va a dar para muchos capítulos +
(Bueno eso espero) no me imagine q fuera a tomar este rumbo la historia, tan cerca que se veía la felicidad de Michael y Luciana en aquel mágico final d almas gemelas, ya veremos q pasa. Muy buen capitulo aunque triste ;(
Wh.