El universo es una cosa rara, es ancha y angosta a la vez. ¿Te quieres enamorar, pequeño? Me preguntaron alguna vez, y yo asentí con mucha emoción….
Unas horas, un par de minutos, unos cuantos segundos. Cada retumbe del segundero de aquel reloj colgado en la pared, me recordaba que era inevitable. Sencillamente cumplía 36 años y mi realidad era aquella que debía presenciar a contra mi voluntad. Las manecillas avanzaban incesantes e imponentes, ¿les importaba algo mis sentimientos acaso? No lo creo. Un paso más, vamos, arruinemos a Michael, esta deshecho, lo haremos pedazos. De seguro si hablaran, dirían eso y más.
36 agostos sin falta, jamás he faltado a ninguno. Eso creo. Recuerdo que cuando era pequeño, no tuve muchos juguetes, y tampoco mucha ropa lujosa, mucho menos un buen pastel que pudiera presumir. Pero mi madre siempre se las arreglaba para que soltara alguna sonrisa. Era todo, había concluido, me daba por bien servido, un beso de mi madre, un abrazo de mis hermanas, un apretón de igual a igual de mis hermanos mayores, y un reconocimiento de Joe.
En realidad, para mí cumplir años era como cumplir alguna meta, batir algún reto. Conseguir aquella satisfacción de que lo había logrado, un año más. Una razón más para poder decir que me trataran con más seriedad, que tomen en cuenta mis opiniones. Que tenía capacidad de cuidarme solo, que podía ser autosuficiente. Aunque a veces ni yo mismo me creía esas palabras. Recuerdo que siempre que mis hermanos hacían alguna reunión, el último en ser llamado era yo. “El pequeño Michael” no niego que me agradaba que me tratasen con cariño, pero siempre era yo: el pequeño de la familia, el pequeño de la banda, el pequeño en todo. Si por algún motivo soltaba alguna opinión, nadie la tomaba en cuenta, o quizá me frotaban la cabeza y era todo. Era como si me dijesen: Ya cierra el pico. Era estresante.
Además de ello en cada cumpleaños, me las arreglaba para poder juntar algunos reales, unas cuantas monedas de las presentaciones locales que hacíamos, ¿mi objetivo? Al día siguiente correr como jamás lo había hecho hasta la dulcería, y comprar todos los que podía. Engullirme todos cuanto podía meter a mi boca. Aquel era un perfecto regalo de cumpleaños. Nada de lujos, un trozo de pastel era la sensación, y lo último en modas de cumpleaños. Sí, señor.
Recuerdo también que alguna vez, mi buena suerte no me acompañó como debía. Iba regresando de la dulcería, con un pequeño bolso de papel entre mis manos, extasiado de la felicidad, era la primera vez que me gastaba toda mi propina de la noche anterior en dulces, ansiaba comérmelos todos, se me hacía agua la boca de tan solo recordarlo. Recuerdo también que una gran sonrisa de dibujaba en mi rostro, y era inevitable, por más que me esforzaba en bajar aquella estampa, la alegría que me confería adquirir esos dulces era inmensa. Ahora me doy cuenta, cuán grande puede ser la inocencia de un niño. La alegría se desbordaba de mi pequeño cuerpo, tanto que llegué a casa dando brincos y brincos, canturreando como un pajarillo.
Creo que en esos momentos, Joe acababa de tener lo que comúnmente se llama; “mal día”. Por supuesto, yo no sabía nada de él, pero si sabía que si me pillaba con los dulces entre mis manos, pues vaya que lo tendría que afrontar como si fuera el día del juicio final. Ya casi estaba por cruzar a mi casa, de repente me encontré a mi madre afuera de ella. “Michael, ¿qué haces con esa bolsa?”, me dijo. Y luego de ver que eran dulces, prosiguió; “¡Michael! Si tu padre se entera de esto… ¡Dios! Ya sabes que pasará, ve y guarda esto en un lugar seguro.”, finalizó, empujándome suavemente por la espalda. Con mucha felicidad iba avanzando, observando con dulzura mis dulces, valga la redundancia. Pero justo cuando iba a ingresar a casa, la voz enérgica de Joe me asaltó de tal manera que retrocedí un paso y comencé a temblar, y por reflejo escondí la pequeña bolsa en mis espaldas.
“Kate, Michael… ¿Qué hacen aquí?”, dijo a gran voz. “Joe, yo…”, dijo mi madre, pero no la dejó finalizar. “¡¿Qué escondes, Michael?!”, dijo señalando unos centímetros allá del margen de mi silueta. “Nada…”, dije, con mucho temor, apretando con todas las fuerzas mi pequeña bolsita. Entonces, me arrebató la bolsa de papel, abriéndola con rudeza. No podía exhalar palabra alguna. “¡¿Qué es esto?!”, dijo Joe al ver el contenido – “¡¿Para qué compras estos dulces?! Gastas tu dinero en basura…” chilló con la ira reflejada en sus ojos. – “¡Habla!”, gritó nuevamente, mi madre estaba paralizada.
“Perdóname Joe, los compré para… para… para venderlos, sí, eso mismo.”, dije con la voz quebradiza. – “Y, ¿a cuánto los compras?”, exigió. – “Los compré todos a cinco dólares”, dije sin pensar. – “Y, ¿a cuánto los vendes?”, gritó nuevamente. Sus ojos eran idénticos a como los pondría un toro, luego de estar sin comer semanas. “Cinco dólares”, contesté con mucho miedo, sin darme cuenta lo que había dicho. “Eres un…”, me pregunto que querría decir, pues mi madre no lo dejo terminar su frase, intervino, y se quedó con mi padre, enviándome a mí con mis hermanos, dentro. Estaba asustado, tanto que estaba paralizado, avance lentamente hacia dentro, recogí los pocos dulces que estaban regados en el piso, y desaparecí como un fantasma, silencioso y rápido. No deseaba hacer enojar más a Joe, pues de ser así incluso mi madre era vulnerable.
Era mi cumpleaños, pero eso no me salvaba de la ira de Joe, si él creía que hacía algo mal, era toda la verdad, y debía ser castigado. Era injusto, pero aquella era mi infancia, un día de cumpleaños, en mi infancia.
Nunca tuve lo que quise, pero tampoco nunca me faltó lo necesario. Deseaba ser un chico normal, que en su cumpleaños únicamente deseaba salir a jugar con sus vecinos, armar algún juego improvisado, comer dulces hasta hastiarse, poder gastar chistes sin la amenaza de que debía consultar si debía hacerlo o no, poder acercarme a mi padre sin aquel temor de que estuviese de buen o mal humor, sin la duda de pensar cual debía ser mi siguiente movimiento, hacer algo sin que alguien me regañe al instante. Solo pedía eso, quizá un poco más de Amor, un poco más de comprensión, solo eso. Tuve una infancia dura, lo reconozco, pero no todo fue malo ya que de no ser por la infancia que tuve, de no ser por la familia que me tocó, entonces jamás hubiera conocido a Luciana, la pequeña de los ojos miel.
Me bastó tan solo unos días para darme cuenta que la amaba, la adoraba tanto como adoro la música, era algo divino, algo celestial, algo sobrenatural. Aún ahora, cierro los ojos y evoco aquel recuerdo, lo que considero aun hoy, lo mejor que me ha sucedido en toda mi vida, incluso mejor que cuando gané mi primer premio. Aquella tarde en el hospital, antes detestaba aquel olor a caja de médico, pero ahora creo incluso que lo ansío, lo deseo, y me gusta mucho. Quiero estar nuevamente internado en un hospital, únicamente para poder recordar con exactitud aquel momento mágico, ideal, y lleno de perfección. El roce de nuestros labios, cuando sentí el sabor a gloria, a magia pura.
Oh si, saboreo mis labios de tan solo recordarlo, al imaginar que entierra sus labios en los míos, que penetro en su boca fina, con tal delicadeza como si se moldeara cristal. Mi aliento sabe a ella, a esa mezcla sensacional, extraordinaria y exquisita a miel y cerezas, a la mismísima gloria. El recordar como la sentía tan frágil, tan mía, tan preciosa como una joya. Y era mía, en aquel momento me pertenecía, toda la perfección la tenía encerrada allí, sentirla entre mis brazos, tan tímida, tan obediente, tan dulce y divina. Un ángel convertido en mujer, una perfecta mujer. ¡Oh Dios! Sé que mi madre me enseño que no debo idealizar a las personas, y mucho menos sentir que un ser humano es mucho superior a los demás. Pero ella lo es, perdóname, envíame los castigos que desees, porque lo merezco, pero no puedo negarlo, aquella criatura preciosa es la perfección hecha mujer, y es ella, tan solo ella. El motivo de mi vivir, el motivo de mi vida. Y lo peor de todo esto, es que la amo, la amo tanto que podría dar tranquilamente mi vida por ella.
Las horas avanzan lo siguen haciendo a consta de que estoy rogando que se detenga, que me den unos momentos más, no quería pasar mi cumpleaños tan infeliz, debía hallarla, pero ¿dónde? Aquella era la gran cuestión, cuestión que aún no tenía respuesta. Estaba deshecho, desgreñado y desganado, me importaba poco mi aspecto físico, si algún paparazi me veía en estas condiciones, no podría alegar ninguna cosa, excepto decir: Hola, quizá.
Era difícil, ¿quién más podría saberlo, excepto yo? Esto dolía, era peor incluso que las heridas que se producían a causa de la enfermedad. Me dolía su ausencia, me dolía el silencio, me dolía estos monólogos que iba armando, me dolía el haber sido tan cobarde, y sobre todo me dolía el hecho de haberla perdido, de haberme refugiado, de haber sido tan egoísta, de haberme ido sin más ni más, tan solo con la ridícula excusa de que quería estar solo. No, jamás quise estar solo, no quiero estar solo, odio estar solo, la soledad es mi vieja compañera, pero no quiero que lo siga siendo, quiero simplemente alguien que me quiera, y que ese alguien se deje querer, y además que ese alguien sea ella, sea Luciana. Solo eso.
¿Qué hago aquí? Solo una palabra, tan solo eso, un toque de su melodiosa voz, estoy seguro que bastaría eso para salir de este hoyo, para escapar de esta oscuridad. Mi alma Divina, mi pequeña. La extraño demasiado, desearía estar a su lado, protegerla, o simplemente abrazarla, sería tan feliz.
Oh Wendy, solo otro cuento más, solo un par de líneas, debemos cuidar a los niños perdidos, serás mi esposa ¿recuerdas? No, claro que no, no lo recuerdas, pero no te preocupes, para eso estoy yo, para recordártelo. Mañana será mi cumpleaños, gran gracia, yo no quiero madurar, no seré jamás uno de esos sombríos adultos grises. Colores y juegos solo eso es para ti y para mí. La segunda estrella y hasta el infinito, vamos, nos espera Neverland y las luchas contra el malvado Garfio, ¿dónde estás pequeña? Regresa ya. ¿O deseas que vaya en tu búsqueda?...
En su búsqueda, en su búsqueda, en su búsqueda… ¡Eso es! ¡Lo tengo! Debo ir en su búsqueda, esto tan solo es otro juego, aun no me había dado cuenta, pero es eso. Ella me espera, yo me escondí, pero no, era a ella a quién le tocaba esconderse, y a mí buscarla, si solo era eso. “Rey de los juegos”, gran apelativo el mío. ¿Cómo no me di cuenta? Ella desea que la busque, es un juego, solo eso, debo ir en su búsqueda. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Debe estar asustada, ¡Oh Dios! Cuánto tiempo la dejé, debo estar con ella, la encontraré así tenga que buscarla en cada resquicio de las piedras. Sé que está allí, esperando por mí.
Las horas siguen avanzando. Desconozco la cantidad de tiempo que llevo sentado aquí, pero ahora sé perfectamente qué hacer. Aún no sé a dónde ir, pero ya sé que debo hacer. Todo es confuso, todo parece irreal, pero un poco de polvo de hadas, solo eso necesitaba.
Todo este asunto de mi cumpleaños, me cayó como una cubeta de agua fría. Pero ayudó a que reconozca cual es el rumbo en todo esto, debía aceptarlo. Andrew, mi amigo. Aún hoy estoy avergonzado de haber pensado que tuvo la intención de asesinarme, no tengo las palabras para disculparme de tremenda insinuación. Aquella vez fue un accidente, él solo quería ayudarme, sí, solo eso. Había notado que no podía dormir, que necesitaba un descanso con urgencia, y me ofreció aquellas pastillas. Estoy seguro que jamás tuvo una segunda intención en asesinarme, no, suena absurdo, ya debo quitarme esa idea de la cabeza, debo aprender a confiar más en las personas, aprender a creer en ellas, Andrew es mi representante, muy además de que su trabajo es cuidarme, pues es mi amigo, y estoy completamente seguro que jamás intentaría asesinarme, agredirme, o insinuar siquiera cualquier cosa en mi contra. Al igual con Camille, aún hoy pido perdón, suplico que no me odie, aunque lo merezco y con toda razón. Culminé con nuestra relación de la manera más poco caballero que podría existir. Incluso siento vergüenza, ¿cómo pude ofrecerle dinero y comodidades a cambio de su amor? Ella me amaba, lo sé, y aun así fui un total patán al dejarla. Una mujer esplendorosa, bellísima como ninguna sola, con los ojos más hechizantes que podría haber hallado jamás, un cabello lleno de rizos perfectos, cualquier varón en mi lugar jamás hubiera desperdiciado tremenda oportunidad, la oportunidad de tenerla, de tener a una de las criaturas más bellas de esta naturaleza.
“Te amo”, me susurró. Y aun así, no tuve piedad. Pero, ¿qué podía hacer? No la amaba, no la amo. Es cierto que la quise, la quise mucho, e incluso medite la idea de que debía ser con ella con quién debía sentar cabeza e iniciar una vida de pareja formalmente, casarme. Hubiera sido peor, una negligencia de mi parte, dejar que esto avance que ella siga haciéndose ilusiones con un hombre que no la merecía, que era demasiado poco para ella. “Te arrepentirás”, me dijo, llena de lágrimas amargas, con la voz gutural, casi de espectro. Lo dijo justamente luego de que me haya lanzado aquella mirada de asco y repudio, mucho peor al que me haya aventado una bofetada, a ser sinceros hubiera preferido la bofetada, pues aquel dolor se desvanecería, pero aquel que me aplicó, perdura y me siento culpable por eso también, como si no tuviera ya suficiente con mi pena propia, como si no tuviera suficientes razones por lo que sentirme culpable. Con aquella reacción me dejó en claro que me amaba.
Le ofrecí quedarse en la mansión, le ofrecí quedarse con todos los obsequios que le había dado, le ofrecí aportarle una suma de dinero a su cuenta de banco, le ofrecí comprarle una casa, le ofrecí comprarle otro auto, además de aquel rojo que ya había comprado, un obsequio mío dicho sea de paso, objeto y regalo del cual me enteré había realizado yo, poco después de la compra. No le recriminaba nada, jamás haría tal cosa. Le ofrecí incluso conseguirle trabajo con algún director de cine. ¡Gran error el mío! ¡Una de las estupideces más grandes que he cometido en mi vida! Estaba tan nervioso, que llevado y cegado por la escena del hospital, le ofrecí dinero y lujos. No me detuve a pensar un momento en los sentimientos de ella, en qué debía sentir al saber que precisamente yo había terminado con aquella relación, con aquel “noviazgo” camuflado. Que había acabado con todas las ilusiones de las que me había platicado, y de las que me había hecho participe. Es una pésima excusa, pero es la verdad, tontamente creí que Camille estuvo todo ese tiempo conmigo, gracias a los obsequios que le daba, pero no, en realidad ella me quería, me apreciaba y estimaba, ¿cómo no me di cuenta? Si todo era obvio, su preocupación por mí cada que terminábamos en el hospital, sobre todo yo, en una camilla, y ella siempre al lado fiel como si fuéramos esposos. Cualquiera en su lugar se hubiera hastiado de mí y me hubiese dejado en un par de semanas, aun así ella siempre se mantuvo a mi lado. Pero los errores humanos son grandísimos, un simple mal entendido hizo que me cegara, y creyera que me había traicionado, que lo único que buscaba era el dinero y lujos.
A pesar de todo eso, la abandoné, me fui culminando nuestra relación. Tuve miedo, y no podía soportar la vergüenza, decidí alejarme deseándole lo mejor, aunque claro ella se quedó con un profundo resentimiento hacía mí, no era para menos. Merecía lo peor.
No se equivocó, recibí lo peor, esta pena profunda, esta culpa incesante, y este azoro del acoso de aquel fantasma de la vergüenza y la cobardía. Ruego al cielo, porque su resentimiento hacía mi sea un poco menor al anterior. Que encuentre al tipo que la merezca, que la haga feliz, que la satisfaga del modo en que yo no pude hacerlo.
Las manecillas del reloj indican que ya la negruzca noche ha cubierto por completo todo el cielo que en algún momento fue azul. Debía dormir, lo sabía, pero no estaba cansado, aun así decidí irme a la cama, el día siguiente era un día cargado, me esperaba la gran batalla para encontrar a Wendy, debía ganar este juego, tal como lo hice siempre en Neverland. Es solo un juego más, un simple juego de escondidas, solo eso. No deseaba ningún obsequio, o si es que debía pedirlo, era que la suerte este de mi lado, y me ayude a encontrar a Luciana, que pueda hallarla en perfectas condiciones, que regrese conmigo, explicarle los motivos de mi cobardía, y volver a tenerla entre mis brazos. Era agobiante todo este vacío entre ella y yo.
6 comentarios:
waoo q nostalgia!buen cap besos _:* :*
aw...Xhio! O.O me ha encantado...se nota tu lado humilde, su nostalgia, si ternura, su tristeza, su amor...=3 felicidades n.n te quiero <3 :D me encanta ^^
wow amiga me ha encantado todo este fue un capitulo corto a comparacion del anterior pero fue igualmente genial¡¡ lo adore disfruto cada palabra que leo simplemente me enkanta
alma divina.... como siempre.. me dejas atonita con cada nuevo capitul.. me haces imaginar al pequeño michael.. con sus dulces.. que ternura... *-* me ha encantado.. y maravillosa la forma en que describes cada hecho.. cada situacion... y me enferma que michae sea tan inocente respecto a andrew y a camille. pero asi es el.. esa es la forma de nuestro pequeño inocente... que hermoso minña... siguela pronto... te adoro preciosa!!!!!
No puedo creerlo volvieron a engañar a Michael, aun no se da cuenta d la clase d personas q son andrew y camille, eso si no me lo esperaba.
Cada vez se pone mejor esta historia.
wh♥
cada palabra, cada segundo que le dedico a leerla, es lo mejor es como alejarme de todo! ser solo la espectadora de tremenda historia, gracias por hacer volar mi imaginacion !
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