Vuela Campanita, vuela tan alto como puedas. Agita esas alas y no permitas que nadie te niegue el derecho a ser libre. Vuela mi campanita, vuela por los dos… Michael Jackson

domingo, 25 de septiembre de 2011

Cap. 3 – Stranger.

Luciana:
Era extraño, si, precisamente eso. La noche había transcurrido de manera densa, no pude pegar el maldito ojo en toda la noche. Me movía de un lado a otro, era agobiante, tenía calor, tenía frío. Había algo realmente faltante, algo que no lograba descifrar. Eran ya muchos días los que me hallaba en este lugar, todo era extraño, pero no podía negar que la compañía era de primera. Aun así no me sentía completa.
“Debes dejar todo atrás, continuar con tu vida.”, Las palabras de Arturo, resonaban en mi cabeza como un tambor. Era fácil decirlo, el problema era hacerlo. Cierro los ojos y lo único que evoca mi memoria es: El beso entre Michael y yo. ¿Había otra cosa acaso? Era como si el mundo se hubiere detenido, o peor aún: Que todo avanza y yo me quedé estancada. Era frustrante.
Esa sensación a hueco en el estómago, a vacío. O quizá el presentimiento de haber olvidado algo,  como si se te olvidó apagar la estufa, o cerrar la cochera. En realidad todo era nuevo para mí, estaba acostumbrada a vivir en un lugar no más de un par de semanas. El convivir y además en compañía era extraño, él juraba que era mi amigo, pero podía presentir algo más. Aun así, no podía ser tan altanera y desagradecida, el hecho de que Arturo este conmigo facilitaba mucho más las cosas. Él es muy lindo conmigo, hace miles de piruetas y cosas, para mantener a mi tan traicionera mente en distracción, pero aun así siempre termino pensando en él. En aquel sublime beso.
Estábamos ahí, parecía que el mundo se hubiere detenido en aquel instante. Qué el reloj no quisiera avanzar más. Las partículas alrededor flotaban como trozos de nieve, el aire se sentía a un olor exquisito de vainilla, chocolate, algo sublime y dulce, único e ideal. Quise separarme de él, pero ninguna parte de mi cuerpo me obedecía, era adictivo y celestial. Parece una locura, y es que describo esto como una divinidad, pero es así, es inevitable, ¿habría acaso algo más perfecto? No, claro que no.
La fuerza con la que empuñó su lengua dentro de mi boca, la intensidad que le puso a cada uno de sus movimientos únicos y rítmicos. En realidad Michael era único en su especie, podría apostar mi vida a que jamás volvería a recibir un beso de tal magnitud, y que además mis labios se cerrarían a una sola idea: Los besos de Michael. Es que, eran tan particulares, tan llenos de un poder que infringía sobre mí, hacía que caiga a su voluntad, y no me gusta reconocerlo; pero aquello me encantaba. Quería ser su esclava, pegarme a él como una lapa, aferrarme a su aliento, a su fuerza, a su cuerpo como si fuere la última vez.
¿Estaba enamorada de Michael? No lo sé, pero de solo imaginarlo es inevitable que el color se suba a mis mejillas. Quizá “enamorada” es una palabra muy fuerte, tal vez es solo adicción y morbo. Dicen que una persona solo se enamora una vez en la vida y esto incluye la niñez supongo. *Mi pequeño de los ojos marrones*, *El crío de la sonrisa perfecta* ¿Cómo olvidarlo? Aunque ahora se hacía más fuerte y difuso su recuerdo, es raro, lo es. Es como que lo recuerdo, y a la vez no lo hago. Estaba decidida a olvidarlo, a seguir mi vida adelante, no podía vivir del pasado y aunque me pasara la vida y los años en su búsqueda jamás lo hallaría, además agregarle la razón de que quizá me desconocería. Aunque yo sería capaz de reconocerlo a la perfección… eso creo.
Recuerdo que tenía la sonrisa más bella que haya visto jamás en mi vida, una sonrisa pura, limpia y transparente, juguetona y traviesa. Y ¿cómo no recordar lo que me dijo? – “Qué linda caballa, caballera, cabella…ehhh” – Oh Dios, era lo más lindo que me habían dicho, los pretendientes en mi vida han sido tal vez escasos, o quizá abundantes. No me gustan los rodeos, si hay que decir algo lo digo y ya. Era muy pequeña, pero sé perfectamente que desde allí comenzó: “Pero si tú eres el niño con la más bella sonrisa que jamás haya visto…” – Se puso tan colorado como un camarón. Que tierno.
Es quizá por ello, o quizá por el gesto de las zapatillas, no lo sé. Pero son aquellas cositas pequeñas y que parecen insignificantes pero que marcan la gran diferencia. Mi padre se comportó como un verdadero patán con él. Aunque claro, nadie se imaginaba que acababa de enterarse que padecía de cáncer, estaba desempleado, nadie quería ayudarlo, la casa que poseía era momentánea, y además cargaba con la presencia de una niña de apenas 6 años de edad, que no entendía nada de lo que su padre le decía. En realidad mi padre no fue tan mal tipo, siempre me enseño a que hay que enfrentarse en la vida, a que debemos desconfiar de todas las personas, que es mejor mantener una postura que refleje respeto o miedo, a una que refleje debilidad y amistad. A esperar lo peor de las personas por más buenas que estas se muestren contigo. Aunque, discrepaba con esta última, debido a mis últimos sucesos, no todo era malo, no todos eran malos, existían amigos como Arturo, como Roxanne, aunque esta última no quiera verme ni en pintura, sé que es una buena persona, y lo seguirá siendo.
La última vez que hablé con ella, terminamos en una terrible discusión, y me siento tan mal por eso, siento que la traicioné aunque Arturo diga todo lo contrario, siento que fui la peor amiga que jamás podrá hallarse en la historia, juro que no era mi intención, desearía que Michael estuviera enamorado de ella. Sí, creo que sería lo mejor para todos, ella con Michael, y yo… bueno, yo, sola, como siempre. Ella es una de las más grandiosas personas que jamás conoceré, sabe todo del astro rey del POP; Michael Jackson. Muchas más de las que yo me tardaría ubicando en libros de biblioteca. Es educada, linda, a veces hiperactiva, dulce y siempre, pensando lo mejor de los demás, incapaz de dañar a una mosca. Creo que si por ella fuere, quitaría la hambruna del mundo, en cambio, yo no soy así. Creo que no podría mantener a un perro vivo más de un mes, y eso con grandes dificultades.
-          Ya basta Luciana…No cometas el mismo error otra vez. – Mascullé, al tiempo que redirigía mi vista, entornándola.
Traía la ropa arrugada, y en una especie de flashback, de aquellos que usan los escritores en sus novelas, o libros de fantasías estúpidas, recordé cuando de pequeña, mi madre me dijo alguna vez: “Mira como traes tu ropa pequeña, debes tener más cuidado, quédate quieta, yo lo arreglo” – Esos momentos en mi niñez fueron de los pocos fáciles y felices, pues me sentía protegida, arrullada, respaldada. Duro golpe el que me di al hallarme prácticamente sola ante la muerte del único ser cercano, amoroso y bello que había tenido a lo largo de toda mi corta vida hasta ese entonces. Nunca conocí un tío, una tía, un primo o una prima, mucho menos hermanos, creo que eso está de por más mencionarlo.
Cuando conocí al pequeño de los luceros brillantes, poseía 6 años, mi madre había fallecido hacía tan solo un par de semanas, acababa de conocer a mi padre, desconocido hasta entonces. Un tipo de 40 años de edad, desarreglado, lánguido, adicto al alcohol, descuidado en todo aspecto que se le notase. Mi padre; Richard Evans, desempleado de profesión, si había algo de lo que podría agregar: “Tengo demasiado”, eran los problemas financieros y su estrés del transcurrir el día a día.
Recuerdo borrosamente que mi madre era muy delgada, que apetecía de poca comida, que sus visitas al médico eran constantes, y siempre se pasaba horas encerrada en el baño, vomitando. Siempre estaba débil, con pocas ganas de hacer cualquier cosa, famélica, desganada, y adolorida. Son pocos los recuerdos en los que la hallo animosa y sonriente. Aunque claro, hubo un par.
Trabajaba mucho, y se preocupaba poco por su aspecto, descuidaba sus horarios de comida. Y las pocas veces que la vi hacerlo, terminaba en el inodoro, trataba de ayudarle, pero era en esos momentos en los que la atacaba la histeria y la locura, que incluso alguna vez o quizá dos, me levanto la mano de manera brutal, me atestó tremendo golpe que dejo cardenales en mi piel. No me quejo, y no la culpo, pues muy además, la educación violenta son casos muy comunes en Perú. Y así fue como la educaron a ella, supongo, o al menos consejos de malos amigos, eso sí.
Los golpes y maltratos prosiguieron, pues debido a su enfermedad, que por cierto ella ignoraba que yo tenía conocimiento, se alteraba muy fácilmente. Sus cambios de humor eran frecuentes y drásticos, era toda una aventura descubrir si estaba feliz o si estaba triste. Recuerdo que alguna vez me acerqué llevándole lo que sería el desayuno, y al verme me aventó la charola vieja a la cara. Lloré como una bebé, era lógico, poseía apenas unos 5 años, el ver como sufría mi madre era duro, mucho más duro incluso que el verla trabajar arduamente a diario, luchando y trabajando. Me sentía impotente, demasiado pequeña, inútil, inservible, un estropajo del cual no se le podía sacar provecho, un bodoque, un estorbo, aquella cosa abultada que está ahí, pero que no sirve para nada. Sí, era precisamente como me sentía. Una nada en todo este problema. No fue de ella que me enteré que andaba enferma.
Suelen decirme, o bueno, cuando era pequeña, solían decirme que poseía una mente muy madura, que la forma de pensar que tenía era correspondiente al de una niña de 10 u 11 años. A veces creo que exageraban, pero bueno, siempre decían aquello. Mi madre tenía una mejor amiga, lugar en el cual ahora ubico a Roxanne, una mejor amiga, de aquellas de las que jamás te traicionarán. Bueno, básicamente era la única amiga que tenía, que tengo, ¡bah! Ahora lo ignoro. Ella se llamaba, Julianne, creo que era dos años mayor que mi madre, no recuerdo con exactitud. Oh si, la tía Julianne, como me decía mi madre que la llamara, era muy cariñosa y amable conmigo. Siempre con alguna sorpresa para mí, un tierno cariño, era como mi segunda madre. Un día, mi madre me dejó al cuidado de ella, por casi la mañana entera era raro, pues mi madre jamás solía hacer eso, a menos que tuviera alguna emergencia realmente importante, pero, ¿Cuál podría ser? ¿si la única preocupación en su vida, era yo?, bueno, siempre me lo decía. Eso es, fue al médico. Cuando llegó a casa, traía un aspecto pálido, gutural, de espectro, parecía que hubiere visto al mismísimo demonio en persona, son cosas de las que jamás podré olvidar en mi vida. Me enviaron al otro espacio en la casa, “Será mejor que juegues por allá, pequeña”, dijo la tía Julianne, empujándome suavemente. Avancé con la mayor de las perezas, pero haciendo caso, pues odiaba ser la niña mala, o mal criada.
Naturalmente avancé hasta el otro espacio de la pequeña casa, pero me quedé a escondidas de ambas detrás de la delgada pared, era de contextura muy frágil y liviana, y no me fue difícil esconderme. Entonces hablaron:
-          ¿Ya se fue? – inquirió mi madre.
-          Sí, ya se fue. – asintió la tía Julianne. - ¿qué paso cariño? ¿qué te dijo el médico?
¿Médico? ¿A qué se refería con eso? – Naturalmente fue lo primero que me cuestioné. Seguí escuchando su ligera plática, eran casi murmullos.
-          ¿Qué es lo que tienes? ¡Dime! Y ya deja la intriga.  – insistió la tía Julianne.
Entonces mi madre estalló en llanto irremediablemente.
-          ¡Moriré! Julianne, me voy a morir.  – susurró entre gimoteos y gemidos.
-          ¡¿Qué?! ¿De…De qué hablas? – dijo la tía incrédula.
¿Morir? ¿De que hablaba mi madre? No. Era todo incomprensible, no entendía nada.  – Fueron los primeros pensamientos que me asaltaron, son cosas que jamás olvidaré…
Hice una pausa, pues algún ruido por ahí interrumpió mis pensamientos, entorné nuevamente los ojos, y avancé hasta la ventana más cercana. Casi amanecía, los primeros rayos de sol se podía divisar con dificultad. Enjugué mi rostro y revolví mi cabello, giré en dirección a mi bolso, y lo había encontrado, sabía que se lo había prometido a Arturo, pero moría por uno, y no podía resistir tremenda tentación. Él aún dormía, vamos, era solo uno, ¿qué daño podría hacerme? Decidida, introduje mi mano en medio de mi bolsa, y con la fragilidad que le corresponde al cristal más fino, cogí la delgada pero consistente barra de cigarro. Oh si, hacía mucho que no fumaba, por la promesa que le hice a Arturo, más que cualquier otra escusa boba. Al lado estaba el encendedor negro, negro como aquel gorro de Michael… ¡No! ¡No!... Hice que mi mente se detuviera en seco, pues no quería llegar a las conclusiones obvias. En fin, encendí el cigarro, y seguí con mis recuerdos, hacía mucho que no hacía algo de tal magnitud, no recordaba con claridad el rostro de mi madre, y esta era una buena oportunidad. Ya con el cigarro encendido, la mirada perdida me volvió a asaltar, y los recuerdos fluyeron como el agua que corre a través del río.
-          ¡Moriré! – exclamó mi madre, a fin de que la tía Julianne, pudiera grabarse la palabra en la cabeza.
-          ¡No! Es que, no puede ser. ¿Estas segura?
-          ¡Claro que sí! Mira. – Dijo mi madre en medio de sus llantos silenciosos. El sonido del papel al atravesar el aire se escuchó claramente.
-          ¡¿Qué?! – exclamó Julianne, con un tono de incredulidad.
-          Así como lo lees, Cáncer. – Sentenció mi madre limpiándose el rostro.
-          Pero es que, debe haber un error.
-          ¡No lo hay! ¡No sabes cuánto ruego a Dios que así sea! Es irremediable, “C-G-A”: Cáncer Gástrico Avanzado. Moriré.
-          ¡No! No digas eso, te curarás. Estoy segura. – optimizó Julianne, mientras yo, aún no terminaba de siquiera pronunciar aquella palabra: Cáncer.
-          ¡Claro! Julianne, ¿Has visto en qué país nos encontramos? Con suerte nos podemos hallar con un mísero plato de comida al día. ¿y crees que tengo salida a la cura? Eso que dices es ilusorio, ideal, algo utópico. No me engañes.
-          Escúchame bien: ¡No morirás! ¿Comprendes? No puedes hacerlo. ¿Con quién crees que dejarás a la pequeña Luciana? ¿Quién te crees para tomar semejante decisión? – Exclamó a puro chillido la tía Julianne con la voz quebrada, y luchando por no estallar como una loca. Al menos, eso se podía percibir.
-          ¿Eh? ¿Crees que esto es decisión mía? Estas equivocada, yo no elegí morir, no elegí esta enfermedad. Oh mi pequeña, tienes que prometerme…
-          ¡No! – cortó en seco Julianne – No harás que prometa nada, porque tú te curarás, tú eres su madre, tú la engendraste con el pedazo de porquería de su padre. Pero es a ti a quién buscará, a quién necesita, no a mí. Así que no seas egoísta y preocúpate en curarte solo eso.
-          ¿Egoísta? ¿Crees que soy egoísta? Julianne, yo no elegí morir, nadie elige aquel camino…
-            ¡No! Tú vivirás.
No pude resistir más, oía miles de veces la palabra: muerte. Era totalmente desesperante. Hice lo que cualquier niña o persona hubiere hecho en mi situación; Corrí hacia mi madre.
-          ¡No mueras mamá! – exclamé con todas las fuerzas albergadas en mi corazón y en mi ser.
Mi madre se espantó al principio, recuerdo que se creó un silencio incomparable. Luego de ciertos minutos, sentía como una cálida mano recorría mi espalda.
-          No pequeña mía, no lo haré. – Me susurró mi madre, al instante quedé mucho más tranquila.
Era como tener esa sensación a saciedad, a tranquilidad. Tiempo después descubriría que era mentira.





He aquí el tercer capítulo, sin más preámbulos. Disfrútenlo, perdonen la tardanza.
Gracias por la comprensión, aquellas muestras de afecto. Muchas Gracias. Hubieron algunos cambios, espero les guste, este es un nuevo comienzo. Así es.
Un fuerte abrazo, Dios las bendiga mucho.
W.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cisne negro.

El universo es una cosa rara, es ancha y angosta a la vez. ¿Te quieres enamorar, pequeño? Me preguntaron alguna vez, y yo asentí con mucha emoción….
Unas horas, un par de minutos, unos cuantos segundos. Cada retumbe del segundero de aquel reloj colgado en la pared, me recordaba que era inevitable. Sencillamente cumplía 36 años y mi realidad era aquella que debía presenciar a contra mi voluntad. Las manecillas avanzaban incesantes e imponentes, ¿les importaba algo mis sentimientos acaso? No lo creo. Un paso más, vamos, arruinemos a Michael, esta deshecho, lo haremos pedazos. De seguro si hablaran, dirían eso y más.
36 agostos sin falta, jamás he faltado a ninguno. Eso creo. Recuerdo que cuando era pequeño, no tuve muchos juguetes, y tampoco mucha ropa lujosa, mucho menos un buen pastel que pudiera presumir. Pero mi madre siempre se las arreglaba para que soltara alguna sonrisa. Era todo, había concluido, me daba por bien servido, un beso de mi madre, un abrazo de mis hermanas, un apretón de igual a igual de mis hermanos mayores, y un reconocimiento de Joe.
En realidad, para mí cumplir años era como cumplir alguna meta, batir algún reto. Conseguir aquella satisfacción de que lo había logrado, un año más. Una razón más para poder decir que me trataran con más seriedad, que tomen en cuenta mis opiniones. Que tenía capacidad de cuidarme solo, que podía ser autosuficiente. Aunque a veces ni yo mismo me creía esas palabras. Recuerdo que siempre que mis hermanos hacían alguna reunión, el último en ser llamado era yo. “El pequeño Michael” no niego que me agradaba que me tratasen con cariño, pero siempre era yo: el pequeño de la familia, el pequeño de la banda, el pequeño en todo. Si por algún motivo soltaba alguna opinión, nadie la tomaba en cuenta, o quizá me frotaban la cabeza y era todo. Era como si me dijesen: Ya cierra el pico. Era estresante.
Además de ello en cada cumpleaños, me las arreglaba para poder juntar algunos reales, unas cuantas monedas de las presentaciones locales que hacíamos, ¿mi objetivo? Al día siguiente correr como jamás lo había hecho hasta la dulcería, y comprar todos los que podía. Engullirme todos cuanto podía meter a mi boca. Aquel era un perfecto regalo de cumpleaños. Nada de lujos, un trozo de pastel era la sensación, y lo último en modas de cumpleaños. Sí, señor.
Recuerdo también que alguna vez, mi buena suerte no me acompañó como debía. Iba regresando de la dulcería, con un pequeño bolso de papel entre mis manos, extasiado de la felicidad, era la primera vez que me gastaba toda mi propina de la noche anterior en dulces, ansiaba comérmelos todos, se me hacía agua la boca de tan solo recordarlo. Recuerdo también que una gran sonrisa de dibujaba en mi rostro, y era inevitable, por más que me esforzaba en bajar aquella estampa, la alegría que me confería adquirir esos dulces era inmensa. Ahora me doy cuenta, cuán grande puede ser la inocencia de un niño. La alegría se desbordaba de mi pequeño cuerpo, tanto que llegué a casa dando brincos y brincos, canturreando como un pajarillo.
Creo que en esos momentos, Joe acababa de tener lo que comúnmente se llama; “mal día”. Por supuesto, yo no sabía nada de él, pero si sabía que si me pillaba con los dulces entre mis manos, pues vaya que lo tendría que afrontar como si fuera el día del juicio final. Ya casi estaba por cruzar a mi casa, de repente me encontré a mi madre afuera de ella. “Michael, ¿qué haces con esa bolsa?”, me dijo. Y luego de ver que eran dulces, prosiguió; “¡Michael! Si tu padre se entera de esto… ¡Dios! Ya sabes que pasará, ve y guarda esto en un lugar seguro.”, finalizó, empujándome suavemente por la espalda. Con mucha felicidad iba avanzando, observando con dulzura mis dulces, valga la redundancia. Pero justo cuando iba a ingresar a casa, la voz enérgica de Joe me asaltó de tal manera que retrocedí un paso y comencé a temblar, y por reflejo escondí la pequeña bolsa en mis espaldas.
“Kate, Michael… ¿Qué hacen aquí?”, dijo a gran voz. “Joe, yo…”, dijo mi madre, pero no la dejó finalizar. “¡¿Qué escondes, Michael?!”, dijo señalando unos centímetros allá del margen de mi silueta. “Nada…”, dije, con mucho temor, apretando con todas las fuerzas mi pequeña bolsita. Entonces, me arrebató la bolsa de papel, abriéndola con rudeza. No podía exhalar palabra alguna. “¡¿Qué es esto?!”, dijo Joe al ver el contenido – “¡¿Para qué compras estos dulces?! Gastas tu dinero en basura…” chilló con la ira reflejada en sus ojos. – “¡Habla!”, gritó nuevamente, mi madre estaba paralizada.
Perdóname Joe, los compré para… para… para venderlos, sí, eso mismo.”, dije con la voz quebradiza. – “Y, ¿a cuánto los compras?”, exigió. – “Los compré todos a cinco dólares”, dije sin pensar. – “Y, ¿a cuánto los vendes?”, gritó nuevamente. Sus ojos eran idénticos a como los pondría un toro, luego de estar sin comer semanas. “Cinco dólares”, contesté con mucho miedo, sin darme cuenta lo que había dicho. “Eres un…”, me pregunto que querría decir, pues mi madre no lo dejo terminar su frase, intervino, y se quedó con mi padre, enviándome a mí con mis hermanos, dentro. Estaba asustado, tanto que estaba paralizado, avance lentamente hacia dentro, recogí los pocos dulces que estaban regados en el piso, y desaparecí como un fantasma, silencioso y rápido. No deseaba hacer enojar más a Joe, pues de ser así incluso mi madre era vulnerable.
Era mi cumpleaños, pero eso no me salvaba de la ira de Joe, si él creía que hacía algo mal, era toda la verdad, y debía ser castigado. Era injusto, pero aquella era mi infancia, un día de cumpleaños, en mi infancia.
Nunca tuve lo que quise, pero tampoco nunca me faltó lo necesario. Deseaba ser un chico normal, que en su cumpleaños únicamente deseaba salir a jugar con sus vecinos, armar algún juego improvisado, comer dulces hasta hastiarse, poder gastar chistes sin la amenaza de que debía consultar si debía hacerlo o no, poder acercarme a mi padre sin aquel temor de que estuviese de buen o mal humor, sin la duda de pensar cual debía ser mi siguiente movimiento, hacer algo sin que alguien me regañe al instante. Solo pedía eso, quizá un poco más de Amor, un poco más de comprensión, solo eso. Tuve una infancia dura, lo reconozco, pero no todo fue malo ya que de no ser por la infancia que tuve, de no ser por la familia que me tocó, entonces jamás hubiera conocido a Luciana, la pequeña de los ojos miel.
Me bastó tan solo unos días para darme cuenta que la amaba, la adoraba tanto como adoro la música, era algo divino, algo celestial, algo sobrenatural. Aún ahora, cierro los ojos y evoco aquel recuerdo, lo que considero aun hoy, lo mejor que me ha sucedido en toda mi vida, incluso mejor que cuando gané mi primer premio. Aquella tarde en el hospital, antes detestaba aquel olor a caja de médico, pero ahora creo incluso que lo ansío, lo deseo, y me gusta mucho. Quiero estar nuevamente internado en un hospital, únicamente para poder recordar con exactitud aquel momento mágico, ideal, y lleno de perfección. El roce de nuestros labios, cuando sentí el sabor a gloria, a magia pura.
Oh si, saboreo mis labios de tan solo recordarlo, al imaginar que entierra sus labios en los míos, que penetro en su boca fina, con tal delicadeza como si se moldeara cristal. Mi aliento sabe a ella, a esa mezcla sensacional, extraordinaria y exquisita a miel y cerezas, a la mismísima gloria. El recordar como la sentía tan frágil, tan mía, tan preciosa como una joya. Y era mía, en aquel momento me pertenecía, toda la perfección la tenía encerrada allí, sentirla entre mis brazos, tan tímida, tan obediente, tan dulce y divina. Un ángel convertido en mujer, una perfecta mujer. ¡Oh Dios! Sé que mi madre me enseño que no debo idealizar a las personas, y mucho menos sentir que un ser humano es mucho superior a los demás. Pero ella lo es, perdóname, envíame los castigos que desees, porque lo merezco, pero no puedo negarlo, aquella criatura preciosa es la perfección hecha mujer, y es ella, tan solo ella. El motivo de mi vivir, el motivo de mi vida. Y lo peor de todo esto, es que la amo, la amo tanto que podría dar tranquilamente mi vida por ella.
Las horas avanzan lo siguen haciendo a consta de que estoy rogando que se detenga, que me den unos momentos más, no quería pasar mi cumpleaños tan infeliz, debía hallarla, pero ¿dónde? Aquella era la gran cuestión, cuestión que aún no tenía respuesta. Estaba deshecho, desgreñado y desganado, me importaba poco mi aspecto físico, si algún paparazi me veía en estas condiciones, no podría alegar ninguna cosa, excepto decir: Hola, quizá.
Era difícil, ¿quién más podría saberlo, excepto yo? Esto dolía, era peor incluso que las heridas que se producían a causa de la enfermedad. Me dolía su ausencia, me dolía el silencio, me dolía estos monólogos que iba armando, me dolía el haber sido tan cobarde, y sobre todo me dolía el hecho de haberla perdido, de haberme refugiado, de haber sido tan egoísta, de haberme ido sin más ni más, tan solo con la ridícula excusa de que quería estar solo. No, jamás quise estar solo, no quiero estar solo, odio estar solo, la soledad es mi vieja compañera, pero no quiero que lo siga siendo, quiero simplemente alguien que me quiera, y que ese alguien se deje querer, y además que ese alguien sea ella, sea Luciana. Solo eso.
¿Qué hago aquí? Solo una palabra, tan solo eso, un toque de su melodiosa voz, estoy seguro que bastaría eso para salir de este hoyo, para escapar de esta oscuridad. Mi alma Divina, mi pequeña. La extraño demasiado, desearía estar a su lado, protegerla, o simplemente abrazarla, sería tan feliz.
Oh Wendy, solo otro cuento más, solo un par de líneas, debemos cuidar a los niños perdidos, serás mi esposa ¿recuerdas? No, claro que no, no lo recuerdas, pero no te preocupes, para eso estoy yo, para recordártelo. Mañana será mi cumpleaños, gran gracia, yo no quiero madurar, no seré jamás uno de esos sombríos adultos grises. Colores y juegos solo eso es para ti y para mí. La segunda estrella y hasta el infinito, vamos, nos espera Neverland y las luchas contra el malvado Garfio, ¿dónde estás pequeña? Regresa ya. ¿O deseas que vaya en tu búsqueda?...
En su búsqueda, en su búsqueda, en su búsqueda… ¡Eso es! ¡Lo tengo! Debo ir en su búsqueda, esto tan solo es otro juego, aun no me había dado cuenta, pero es eso. Ella me espera, yo me escondí, pero no, era a ella a quién le tocaba esconderse, y a mí buscarla, si solo era eso. “Rey de los juegos”, gran apelativo el mío. ¿Cómo no me di cuenta? Ella desea que la busque, es un juego, solo eso, debo ir en su búsqueda. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Debe estar asustada, ¡Oh Dios! Cuánto tiempo la dejé, debo estar con ella, la encontraré así tenga que buscarla en cada resquicio de las piedras. Sé que está allí, esperando por mí.
Las horas siguen avanzando. Desconozco la cantidad de tiempo que llevo sentado aquí, pero ahora sé perfectamente qué hacer. Aún no sé a dónde ir, pero ya sé que debo hacer. Todo es confuso, todo parece irreal, pero un poco de polvo de hadas, solo eso necesitaba.
Todo este asunto de mi cumpleaños, me cayó como una cubeta de agua fría. Pero ayudó a que reconozca cual es el rumbo en todo esto, debía aceptarlo. Andrew, mi amigo. Aún hoy estoy avergonzado de haber pensado que tuvo la intención de asesinarme, no tengo las palabras para disculparme de tremenda insinuación. Aquella vez fue un accidente, él solo quería ayudarme, sí, solo eso. Había notado que no podía dormir, que necesitaba un descanso con urgencia, y me ofreció aquellas pastillas. Estoy seguro que jamás tuvo una segunda intención en asesinarme, no, suena absurdo, ya debo quitarme esa idea de la cabeza, debo aprender a confiar más en las personas, aprender a creer en ellas, Andrew es mi representante, muy además de que su trabajo es cuidarme, pues es mi amigo, y estoy completamente seguro que jamás intentaría asesinarme, agredirme, o insinuar siquiera cualquier cosa en mi contra. Al igual con Camille, aún hoy pido perdón, suplico que no me odie, aunque lo merezco y con toda razón. Culminé con nuestra relación de la manera más poco caballero que podría existir. Incluso siento vergüenza, ¿cómo pude ofrecerle dinero y comodidades a cambio de su amor? Ella me amaba, lo sé, y aun así fui un total patán al dejarla. Una mujer esplendorosa, bellísima como ninguna sola, con los ojos más hechizantes que podría haber hallado jamás, un cabello lleno de rizos perfectos, cualquier varón en mi lugar jamás hubiera desperdiciado tremenda oportunidad, la oportunidad de tenerla, de tener a una de las criaturas más bellas de esta naturaleza.
“Te amo”, me susurró. Y aun así, no tuve piedad. Pero, ¿qué podía hacer? No la amaba, no la amo. Es cierto que la quise, la quise mucho, e incluso medite la idea de que debía ser con ella con quién debía sentar cabeza e iniciar una vida de pareja formalmente, casarme. Hubiera sido peor, una negligencia de mi parte, dejar que esto avance que ella siga haciéndose ilusiones con un hombre que no la merecía, que era demasiado poco para ella. “Te arrepentirás”, me dijo, llena de lágrimas amargas, con la voz gutural, casi de espectro. Lo dijo justamente luego de que me haya lanzado aquella mirada de asco y repudio, mucho peor al que me haya aventado una bofetada, a ser sinceros hubiera preferido la bofetada, pues aquel dolor se desvanecería, pero aquel que me aplicó, perdura y me siento culpable por eso también, como si no tuviera ya suficiente con mi pena propia, como si no tuviera suficientes razones por lo que sentirme culpable. Con aquella reacción me dejó en claro que me amaba.
Le ofrecí quedarse en la mansión, le ofrecí quedarse con todos los obsequios que le había dado, le ofrecí aportarle una suma de dinero a su cuenta de banco, le ofrecí comprarle una casa, le ofrecí comprarle otro auto, además de aquel rojo que ya había comprado, un obsequio mío dicho sea de paso, objeto y regalo del cual me enteré había realizado yo, poco después de la compra. No le recriminaba nada, jamás haría tal cosa. Le ofrecí incluso conseguirle trabajo con algún director de cine. ¡Gran error el mío! ¡Una de las estupideces más grandes que he cometido en mi vida! Estaba tan nervioso, que llevado y cegado por la escena del hospital, le ofrecí dinero y lujos. No me detuve a pensar un momento en los sentimientos de ella, en qué debía sentir al saber que precisamente yo había terminado con aquella relación, con aquel “noviazgo” camuflado. Que había acabado con todas las ilusiones de las que me había platicado, y de las que me había hecho participe. Es una pésima excusa, pero es la verdad, tontamente creí que Camille estuvo todo ese tiempo conmigo, gracias a los obsequios que le daba, pero no, en realidad ella me quería, me apreciaba y estimaba, ¿cómo no me di cuenta? Si todo era obvio, su preocupación por mí cada que terminábamos en el hospital, sobre todo yo, en una camilla, y ella siempre al lado fiel como si fuéramos esposos. Cualquiera en su lugar se hubiera hastiado de mí y me hubiese dejado en un par de semanas, aun así ella siempre se mantuvo a mi lado. Pero los errores humanos son grandísimos, un simple mal entendido hizo que me cegara, y creyera que me había traicionado, que lo único que buscaba era el dinero y lujos.
A pesar de todo eso, la abandoné, me fui culminando nuestra relación. Tuve miedo, y no podía soportar la vergüenza, decidí alejarme deseándole lo mejor, aunque claro ella se quedó con un profundo resentimiento hacía mí, no era para menos. Merecía lo peor.
No se equivocó, recibí lo peor, esta pena profunda, esta culpa incesante, y este azoro del acoso de aquel fantasma de la vergüenza y la cobardía. Ruego al cielo, porque su resentimiento hacía mi sea un poco menor al anterior. Que encuentre al tipo que la merezca, que la haga feliz, que la satisfaga del modo en que yo no pude hacerlo.
Las manecillas del reloj indican que ya la negruzca noche ha cubierto por completo todo el cielo que en algún momento fue azul. Debía dormir, lo sabía, pero no estaba cansado, aun así decidí irme a la cama, el día siguiente era un día cargado, me esperaba la gran batalla para encontrar a Wendy, debía ganar este juego, tal como lo hice siempre en Neverland. Es solo un juego más, un simple juego de escondidas, solo eso. No deseaba ningún obsequio, o si es que debía pedirlo, era que la suerte este de mi lado, y me ayude a encontrar a Luciana, que pueda hallarla en perfectas condiciones, que regrese conmigo, explicarle los motivos de mi cobardía, y volver a tenerla entre mis brazos. Era agobiante todo este vacío entre ella y yo.