Cap. 3 – Stranger.
Luciana:
Era extraño, si, precisamente eso. La noche había transcurrido de manera densa, no pude pegar el maldito ojo en toda la noche. Me movía de un lado a otro, era agobiante, tenía calor, tenía frío. Había algo realmente faltante, algo que no lograba descifrar. Eran ya muchos días los que me hallaba en este lugar, todo era extraño, pero no podía negar que la compañía era de primera. Aun así no me sentía completa.
“Debes dejar todo atrás, continuar con tu vida.”, Las palabras de Arturo, resonaban en mi cabeza como un tambor. Era fácil decirlo, el problema era hacerlo. Cierro los ojos y lo único que evoca mi memoria es: El beso entre Michael y yo. ¿Había otra cosa acaso? Era como si el mundo se hubiere detenido, o peor aún: Que todo avanza y yo me quedé estancada. Era frustrante.
Esa sensación a hueco en el estómago, a vacío. O quizá el presentimiento de haber olvidado algo, como si se te olvidó apagar la estufa, o cerrar la cochera. En realidad todo era nuevo para mí, estaba acostumbrada a vivir en un lugar no más de un par de semanas. El convivir y además en compañía era extraño, él juraba que era mi amigo, pero podía presentir algo más. Aun así, no podía ser tan altanera y desagradecida, el hecho de que Arturo este conmigo facilitaba mucho más las cosas. Él es muy lindo conmigo, hace miles de piruetas y cosas, para mantener a mi tan traicionera mente en distracción, pero aun así siempre termino pensando en él. En aquel sublime beso.
Estábamos ahí, parecía que el mundo se hubiere detenido en aquel instante. Qué el reloj no quisiera avanzar más. Las partículas alrededor flotaban como trozos de nieve, el aire se sentía a un olor exquisito de vainilla, chocolate, algo sublime y dulce, único e ideal. Quise separarme de él, pero ninguna parte de mi cuerpo me obedecía, era adictivo y celestial. Parece una locura, y es que describo esto como una divinidad, pero es así, es inevitable, ¿habría acaso algo más perfecto? No, claro que no.
La fuerza con la que empuñó su lengua dentro de mi boca, la intensidad que le puso a cada uno de sus movimientos únicos y rítmicos. En realidad Michael era único en su especie, podría apostar mi vida a que jamás volvería a recibir un beso de tal magnitud, y que además mis labios se cerrarían a una sola idea: Los besos de Michael. Es que, eran tan particulares, tan llenos de un poder que infringía sobre mí, hacía que caiga a su voluntad, y no me gusta reconocerlo; pero aquello me encantaba. Quería ser su esclava, pegarme a él como una lapa, aferrarme a su aliento, a su fuerza, a su cuerpo como si fuere la última vez.
¿Estaba enamorada de Michael? No lo sé, pero de solo imaginarlo es inevitable que el color se suba a mis mejillas. Quizá “enamorada” es una palabra muy fuerte, tal vez es solo adicción y morbo. Dicen que una persona solo se enamora una vez en la vida y esto incluye la niñez supongo. *Mi pequeño de los ojos marrones*, *El crío de la sonrisa perfecta* ¿Cómo olvidarlo? Aunque ahora se hacía más fuerte y difuso su recuerdo, es raro, lo es. Es como que lo recuerdo, y a la vez no lo hago. Estaba decidida a olvidarlo, a seguir mi vida adelante, no podía vivir del pasado y aunque me pasara la vida y los años en su búsqueda jamás lo hallaría, además agregarle la razón de que quizá me desconocería. Aunque yo sería capaz de reconocerlo a la perfección… eso creo.
Recuerdo que tenía la sonrisa más bella que haya visto jamás en mi vida, una sonrisa pura, limpia y transparente, juguetona y traviesa. Y ¿cómo no recordar lo que me dijo? – “Qué linda caballa, caballera, cabella…ehhh” – Oh Dios, era lo más lindo que me habían dicho, los pretendientes en mi vida han sido tal vez escasos, o quizá abundantes. No me gustan los rodeos, si hay que decir algo lo digo y ya. Era muy pequeña, pero sé perfectamente que desde allí comenzó: “Pero si tú eres el niño con la más bella sonrisa que jamás haya visto…” – Se puso tan colorado como un camarón. Que tierno.
Es quizá por ello, o quizá por el gesto de las zapatillas, no lo sé. Pero son aquellas cositas pequeñas y que parecen insignificantes pero que marcan la gran diferencia. Mi padre se comportó como un verdadero patán con él. Aunque claro, nadie se imaginaba que acababa de enterarse que padecía de cáncer, estaba desempleado, nadie quería ayudarlo, la casa que poseía era momentánea, y además cargaba con la presencia de una niña de apenas 6 años de edad, que no entendía nada de lo que su padre le decía. En realidad mi padre no fue tan mal tipo, siempre me enseño a que hay que enfrentarse en la vida, a que debemos desconfiar de todas las personas, que es mejor mantener una postura que refleje respeto o miedo, a una que refleje debilidad y amistad. A esperar lo peor de las personas por más buenas que estas se muestren contigo. Aunque, discrepaba con esta última, debido a mis últimos sucesos, no todo era malo, no todos eran malos, existían amigos como Arturo, como Roxanne, aunque esta última no quiera verme ni en pintura, sé que es una buena persona, y lo seguirá siendo.
La última vez que hablé con ella, terminamos en una terrible discusión, y me siento tan mal por eso, siento que la traicioné aunque Arturo diga todo lo contrario, siento que fui la peor amiga que jamás podrá hallarse en la historia, juro que no era mi intención, desearía que Michael estuviera enamorado de ella. Sí, creo que sería lo mejor para todos, ella con Michael, y yo… bueno, yo, sola, como siempre. Ella es una de las más grandiosas personas que jamás conoceré, sabe todo del astro rey del POP; Michael Jackson. Muchas más de las que yo me tardaría ubicando en libros de biblioteca. Es educada, linda, a veces hiperactiva, dulce y siempre, pensando lo mejor de los demás, incapaz de dañar a una mosca. Creo que si por ella fuere, quitaría la hambruna del mundo, en cambio, yo no soy así. Creo que no podría mantener a un perro vivo más de un mes, y eso con grandes dificultades.
- Ya basta Luciana…No cometas el mismo error otra vez. – Mascullé, al tiempo que redirigía mi vista, entornándola.
Traía la ropa arrugada, y en una especie de flashback, de aquellos que usan los escritores en sus novelas, o libros de fantasías estúpidas, recordé cuando de pequeña, mi madre me dijo alguna vez: “Mira como traes tu ropa pequeña, debes tener más cuidado, quédate quieta, yo lo arreglo” – Esos momentos en mi niñez fueron de los pocos fáciles y felices, pues me sentía protegida, arrullada, respaldada. Duro golpe el que me di al hallarme prácticamente sola ante la muerte del único ser cercano, amoroso y bello que había tenido a lo largo de toda mi corta vida hasta ese entonces. Nunca conocí un tío, una tía, un primo o una prima, mucho menos hermanos, creo que eso está de por más mencionarlo.
Cuando conocí al pequeño de los luceros brillantes, poseía 6 años, mi madre había fallecido hacía tan solo un par de semanas, acababa de conocer a mi padre, desconocido hasta entonces. Un tipo de 40 años de edad, desarreglado, lánguido, adicto al alcohol, descuidado en todo aspecto que se le notase. Mi padre; Richard Evans, desempleado de profesión, si había algo de lo que podría agregar: “Tengo demasiado”, eran los problemas financieros y su estrés del transcurrir el día a día.
Recuerdo borrosamente que mi madre era muy delgada, que apetecía de poca comida, que sus visitas al médico eran constantes, y siempre se pasaba horas encerrada en el baño, vomitando. Siempre estaba débil, con pocas ganas de hacer cualquier cosa, famélica, desganada, y adolorida. Son pocos los recuerdos en los que la hallo animosa y sonriente. Aunque claro, hubo un par.
Trabajaba mucho, y se preocupaba poco por su aspecto, descuidaba sus horarios de comida. Y las pocas veces que la vi hacerlo, terminaba en el inodoro, trataba de ayudarle, pero era en esos momentos en los que la atacaba la histeria y la locura, que incluso alguna vez o quizá dos, me levanto la mano de manera brutal, me atestó tremendo golpe que dejo cardenales en mi piel. No me quejo, y no la culpo, pues muy además, la educación violenta son casos muy comunes en Perú. Y así fue como la educaron a ella, supongo, o al menos consejos de malos amigos, eso sí.
Los golpes y maltratos prosiguieron, pues debido a su enfermedad, que por cierto ella ignoraba que yo tenía conocimiento, se alteraba muy fácilmente. Sus cambios de humor eran frecuentes y drásticos, era toda una aventura descubrir si estaba feliz o si estaba triste. Recuerdo que alguna vez me acerqué llevándole lo que sería el desayuno, y al verme me aventó la charola vieja a la cara. Lloré como una bebé, era lógico, poseía apenas unos 5 años, el ver como sufría mi madre era duro, mucho más duro incluso que el verla trabajar arduamente a diario, luchando y trabajando. Me sentía impotente, demasiado pequeña, inútil, inservible, un estropajo del cual no se le podía sacar provecho, un bodoque, un estorbo, aquella cosa abultada que está ahí, pero que no sirve para nada. Sí, era precisamente como me sentía. Una nada en todo este problema. No fue de ella que me enteré que andaba enferma.
Suelen decirme, o bueno, cuando era pequeña, solían decirme que poseía una mente muy madura, que la forma de pensar que tenía era correspondiente al de una niña de 10 u 11 años. A veces creo que exageraban, pero bueno, siempre decían aquello. Mi madre tenía una mejor amiga, lugar en el cual ahora ubico a Roxanne, una mejor amiga, de aquellas de las que jamás te traicionarán. Bueno, básicamente era la única amiga que tenía, que tengo, ¡bah! Ahora lo ignoro. Ella se llamaba, Julianne, creo que era dos años mayor que mi madre, no recuerdo con exactitud. Oh si, la tía Julianne, como me decía mi madre que la llamara, era muy cariñosa y amable conmigo. Siempre con alguna sorpresa para mí, un tierno cariño, era como mi segunda madre. Un día, mi madre me dejó al cuidado de ella, por casi la mañana entera era raro, pues mi madre jamás solía hacer eso, a menos que tuviera alguna emergencia realmente importante, pero, ¿Cuál podría ser? ¿si la única preocupación en su vida, era yo?, bueno, siempre me lo decía. Eso es, fue al médico. Cuando llegó a casa, traía un aspecto pálido, gutural, de espectro, parecía que hubiere visto al mismísimo demonio en persona, son cosas de las que jamás podré olvidar en mi vida. Me enviaron al otro espacio en la casa, “Será mejor que juegues por allá, pequeña”, dijo la tía Julianne, empujándome suavemente. Avancé con la mayor de las perezas, pero haciendo caso, pues odiaba ser la niña mala, o mal criada.
Naturalmente avancé hasta el otro espacio de la pequeña casa, pero me quedé a escondidas de ambas detrás de la delgada pared, era de contextura muy frágil y liviana, y no me fue difícil esconderme. Entonces hablaron:
- ¿Ya se fue? – inquirió mi madre.
- Sí, ya se fue. – asintió la tía Julianne. - ¿qué paso cariño? ¿qué te dijo el médico?
¿Médico? ¿A qué se refería con eso? – Naturalmente fue lo primero que me cuestioné. Seguí escuchando su ligera plática, eran casi murmullos.
- ¿Qué es lo que tienes? ¡Dime! Y ya deja la intriga. – insistió la tía Julianne.
Entonces mi madre estalló en llanto irremediablemente.
- ¡Moriré! Julianne, me voy a morir. – susurró entre gimoteos y gemidos.
- ¡¿Qué?! ¿De…De qué hablas? – dijo la tía incrédula.
¿Morir? ¿De que hablaba mi madre? No. Era todo incomprensible, no entendía nada. – Fueron los primeros pensamientos que me asaltaron, son cosas que jamás olvidaré…
Hice una pausa, pues algún ruido por ahí interrumpió mis pensamientos, entorné nuevamente los ojos, y avancé hasta la ventana más cercana. Casi amanecía, los primeros rayos de sol se podía divisar con dificultad. Enjugué mi rostro y revolví mi cabello, giré en dirección a mi bolso, y lo había encontrado, sabía que se lo había prometido a Arturo, pero moría por uno, y no podía resistir tremenda tentación. Él aún dormía, vamos, era solo uno, ¿qué daño podría hacerme? Decidida, introduje mi mano en medio de mi bolsa, y con la fragilidad que le corresponde al cristal más fino, cogí la delgada pero consistente barra de cigarro. Oh si, hacía mucho que no fumaba, por la promesa que le hice a Arturo, más que cualquier otra escusa boba. Al lado estaba el encendedor negro, negro como aquel gorro de Michael… ¡No! ¡No!... Hice que mi mente se detuviera en seco, pues no quería llegar a las conclusiones obvias. En fin, encendí el cigarro, y seguí con mis recuerdos, hacía mucho que no hacía algo de tal magnitud, no recordaba con claridad el rostro de mi madre, y esta era una buena oportunidad. Ya con el cigarro encendido, la mirada perdida me volvió a asaltar, y los recuerdos fluyeron como el agua que corre a través del río.
- ¡Moriré! – exclamó mi madre, a fin de que la tía Julianne, pudiera grabarse la palabra en la cabeza.
- ¡No! Es que, no puede ser. ¿Estas segura?
- ¡Claro que sí! Mira. – Dijo mi madre en medio de sus llantos silenciosos. El sonido del papel al atravesar el aire se escuchó claramente.
- ¡¿Qué?! – exclamó Julianne, con un tono de incredulidad.
- Así como lo lees, Cáncer. – Sentenció mi madre limpiándose el rostro.
- Pero es que, debe haber un error.
- ¡No lo hay! ¡No sabes cuánto ruego a Dios que así sea! Es irremediable, “C-G-A”: Cáncer Gástrico Avanzado. Moriré.
- ¡No! No digas eso, te curarás. Estoy segura. – optimizó Julianne, mientras yo, aún no terminaba de siquiera pronunciar aquella palabra: Cáncer.
- ¡Claro! Julianne, ¿Has visto en qué país nos encontramos? Con suerte nos podemos hallar con un mísero plato de comida al día. ¿y crees que tengo salida a la cura? Eso que dices es ilusorio, ideal, algo utópico. No me engañes.
- Escúchame bien: ¡No morirás! ¿Comprendes? No puedes hacerlo. ¿Con quién crees que dejarás a la pequeña Luciana? ¿Quién te crees para tomar semejante decisión? – Exclamó a puro chillido la tía Julianne con la voz quebrada, y luchando por no estallar como una loca. Al menos, eso se podía percibir.
- ¿Eh? ¿Crees que esto es decisión mía? Estas equivocada, yo no elegí morir, no elegí esta enfermedad. Oh mi pequeña, tienes que prometerme…
- ¡No! – cortó en seco Julianne – No harás que prometa nada, porque tú te curarás, tú eres su madre, tú la engendraste con el pedazo de porquería de su padre. Pero es a ti a quién buscará, a quién necesita, no a mí. Así que no seas egoísta y preocúpate en curarte solo eso.
- ¿Egoísta? ¿Crees que soy egoísta? Julianne, yo no elegí morir, nadie elige aquel camino…
- ¡No! Tú vivirás.
No pude resistir más, oía miles de veces la palabra: muerte. Era totalmente desesperante. Hice lo que cualquier niña o persona hubiere hecho en mi situación; Corrí hacia mi madre.
- ¡No mueras mamá! – exclamé con todas las fuerzas albergadas en mi corazón y en mi ser.
Mi madre se espantó al principio, recuerdo que se creó un silencio incomparable. Luego de ciertos minutos, sentía como una cálida mano recorría mi espalda.
- No pequeña mía, no lo haré. – Me susurró mi madre, al instante quedé mucho más tranquila.
Era como tener esa sensación a saciedad, a tranquilidad. Tiempo después descubriría que era mentira.
He aquí el tercer capítulo, sin más preámbulos. Disfrútenlo, perdonen la tardanza.
Gracias por la comprensión, aquellas muestras de afecto. Muchas Gracias. Hubieron algunos cambios, espero les guste, este es un nuevo comienzo. Así es.
Un fuerte abrazo, Dios las bendiga mucho.
W.
